EL CAZADOR DE MARIPOSAS

Tomás Lobo se ha acercado a la exposición “Un mundo flotante”, del fotógrafo francés Jacques Henri Lartigue. Estará en La Lonja de Zaragoza hasta el 31 de agosto.

Cuando el temblor de la memoria nos deja mudos, siempre quedan los instantes, esas pequeñas burbujas suspendidas en el tiempo. “La fotografía es como atrapar una mariposa al vuelo”, dijo en alguna ocasión Jacques Henri Lartigue (1894-1986), un cazador incansable de lepidópteros y de la vida feliz. En un siglo XX tenebroso por el dolor y la guerra, Lartigue se detuvo en la hermosura de la vida burguesa, con sus juegos, su reconfortante irrealidad, su singularidad familiar. Las mujeres y sus extravagantes modelos en la avenue du Bois de Boulogne, la belleza sugerida de Coco en la arena, la sonrisa de Bibi junto al mar o el misterio del nadador anónimo rozando con los dedos los primeros rayos del alba. Desde niño, retrató  las escenas delicuescentes de la playa, el baño, el deporte, trazos sonrientes de un mundo en movimiento, flotante, reflejado en el agua, ese mundo que se escapa y en el que se hace necesario secuestrar su velocidad en gelatina de plata en busca de un gesto inesperado. Así retrata en Niza a la tenista Suzanne Lenglen. También a los patinadores, a los aviones, a los nadadores, a los pilotos de los bólidos. Nada es vertical. Nada está en equilibrio. Todo es frágil, fugaz e inaprensible, como la felicidad. Solo la fotografía obra el milagro. Lartigue construye su universo feliz con el salto, la suspensión y la caída, como quien lanza una cometa, un escondrijo de solo unos segundos para ocultarse del dolor y los fantasmas. “Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro”, escribió Lartigue. Y también proclamó: “La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”. Como una mariposa elegante y despreocupada.

Vuela…

Yves Montand – La Bicyclette.mp3

Yves Montand – La Butte Rouge.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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