UN DÍA TRISTE

01-Aquel sábado fue triste. Un polvo amarillo inundó el aire. Y Safo lo contó así el 25 de agosto de 2007

En lugar de la conversación con Enrico en el café (que será publicada a lo largo de la semana próxima) voy a hablar del aire, porque hoy es un día triste. Hoy es un día triste aunque no llueva. Hoy, además de oxígeno y nitrógeno, el aire va cargado de un extraño polvo amarillo. He visto a una pareja en el autobús que no paraba de reírse. Él movía las manos aparatosamente arriba y abajo y ella acompañaba con carcajadas rítmicas. Bendita inocencia. No sabían que hoy, sábado, es un día triste. Porque hoy es sábado y la gente hace cosas de sábado. He visto a una mujer en el mercado comprando para preparar una gran cena. Era feliz, hablaba con entusiasmo de guisos y aperitivos y no se daba cuenta. Yo no le abriría los ojos, no, no sería tan cruel. Éste es uno de esos casos en los que las verdades sólo duelen, así que mejor guardárselas para sí. Después me he sentado en una terraza. “Para percibir mejor la tristeza”, me he dicho, aunque lo cierto es que necesitaba descansar. Ha venido una camarera joven con cara de sábado y, con una sonrisa amplia, ha dejado caer un “¡qué día más estupendo!”. Yo no podía dar crédito a mis ojos. Según hablaba, la chica iba tragando este polvo amarillo y denso que nos inunda. Una especie de polen que algo roto, un vientre fracturado ha esparcido y ahora está por todos los lados. Ha contaminado el aire de tristeza. Polvo amarillo entrando y saliendo de sus pulmones y ella incapaz de verlo ¿o acaso prefería ignorarlo? Porque seguro que lo sabía. No conozco a nadie que no lo sepa. La tristeza es amarilla y su sabor recuerda a la mermelada de naranja.

Hay sábados en los que uno se deja llevar por la melancolía de Jean-Christian Bourcart, que ilustra esta entrada.

U2 – One (YouTube)

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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