LA SÁBANA DE LAS RESPUESTAS (II). EL ALBAÑIL

albañil

 Segunda clase. Safo enseña a Enrico a construir ideas. Ocurrió un 7 de septiembre de 2007.

(La cafetería, no muy concurrida. Mesas de mármol bajo una claraboya que filtraba luz suficiente incluso para la lectura. Dos cafés expresos y, de fondo, las Gymnopédies de Satie)

“…pero entonces no entiendo, Safo, ¿Acaso no todo el mundo sabe aprender?¿No se nace con ello?” Quizá fuese el reflejo azul de la pared el que acentuaba la palidez del muchacho y descubría con minuciosa precisión las aristas de su rostro escuálido. Quizá fuera esa luz la que le hacía parecer tan vulnerable a la enfermedad y la vida. Al hablar, un leve gesto femenino se sumaba al conjunto, y su cadencia impregnaba la conversación de una languidez ciertamente bella. “Eres todavía joven, Enrico, pero te aseguro que un día abrirás los ojos y no tendrás dudas. El mundo lo comparten dos clases de personas: los que saben construir ideas y los que no. Estos últimos son fácilmente reconocibles porque andan perdidos en busca de algo y no saben qué. Hablan mucho, sí, pero rara vez dicen algo de interés y cuando lo hacen es porque acaban de oírlo aquí o allá. El mundo está lleno de ellos, Enrico, se mueven como abejas en movimientos repetitivos y su zumbido resulta, a veces, ensordecedor”. Enrico parecía ahora preocupado. Cabizbajo, trató de disimular sin éxito el desagrado que le produjo el último sorbo de café. Dudó unos instantes. Por fin se lanzó. “¿y tú crees que, en fin, que yo soy parte de esa fauna estruendosa de que hablas?” “No”, contesté tajante “¿cómo puedes estar tan segura?” “Mira, Enrico, ninguno de ellos hubiera venido a pedirme ayuda. Ninguno de ellos cree necesitarla, de hecho. Tranquilo, tienes las cualidades necesarias. Voy a hacer de ti un albañil”.

El niño triste que nos mira viene de la mano del pintor zaragozano Dino Valls.

Vayamos a esa cafetería a escuchar.

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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