¿POESÍA VISUAL EN ARAGÓN? UNA VISITA GUIADA (POR UN GUÍA QUE NO ES GUÍA)

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Antes de iniciar una visita no guiada el sábado pasado por la exposición ¿Poesía visual en Aragón?, Túa Blesa, el guía que no es guía, leyó este texto.

Antes aún de entrar en esta exposición se advierte ya un acierto: el que el título sea una interrogación. En lugar de afirmar al que entra que tal cosa exista, que lo que el visitante va a ver sea efectivamente poesía visual, lo que es sin más un prejuicio, en lugar de eso se le interpela para preguntarle, para que se pregunte y, una vez el visitante haya hecho su recorrido, responda. Quien haya visitado la muestra, pongamos que yo, por ejemplo —aunque ya se verá enseguida a quién corresponde ese “yo”—, no podrá sino responder que , un sí sin ambages, un sí a una muestra de poesía visual, lo diré ya, de primerísima calidad, de todo valor.

corazonConvendrá decir todavía en las puertas de la exposición dos palabras sobre la expresión “poesía visual”. Vale aquí si no se toma en el sentido más estricto, según el cual quedarían fuera muchas de las piezas, pero para quien tenga una concepción menos limitada, más abierta, de lo que pueda llegar a querer decir tal fórmula no hay reproche alguno. Es verdad que no pocas de las piezas se decantan hacia el poema-objeto del estilo de los que nos legó Joan Brossa, que algunas de ellas podrían ser esculturas en el sentido moderno, que otras pasarían por instalaciones… No importa. Si “visual” dice que es lo que se ve y a “poesía” se lemosca3 hace expresar su significado antiguo —esa carga paleosemántica que nunca deja de alentar— de creación, de hacer cosas, tal como el verbo griego poiéō servía a la lengua para designar un hacer y un hacer cosas materiales, sí, si es así, la expresión nos vale para acoger lo que aquí hay reunido y ya sea idea de Edu Barbero o algún otro que se lo sugirió —y enseguida se aclarará la sospecha de las autorías—, sólo cabe felicitarle.

davidAntes aún de entrar, y ya que he mencionado a Joan Brossa y sus poemas-objeto, valga un comentario general. Muchas de las obras que aquí se pueden ver reúnen dos o más objetos, la mayoría de la vida cotidiana. Esta unión de cosas, el acercarlas, sería un procedimiento para producir belleza, así, con ese término siempre conflictivo, al menos así lo dejó escrito Isidore Ducasse, por otro nombre Lautréamont. En efecto, en el canto VI de sus Chants de Maldoror, se cuenta, cuenta ese tal Maldoror, que ha visto a un joven y afirma de él que es bello y a continuación ensarta una serie de comparaciones: “Es bello como X, es bello como Y” y la última de esas comparaciones nos interesa: “Es bello […], sobre todo, como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección”.

tetaNada que pertenezca a lo extraordinario, nada que esté tocado por lo artístico, ni siquiera por lo elevado. No, una máquina de coser y un paraguas, dos objetos de la vida de todos los días (uno de ellos hoy no tanto), independientes entre sí, que, reunidos los dos, dan lugar —lo dice Lautréamont— a la belleza. Dos cosas con las que nos topamos a diario, en distintos momentos y lugares, en circunstancias particulares, se reúnen en el texto para nombrar algo bello. Por un proceso de descontextualización y otro inverso de recontextualización, se da la belleza.

carla2Y es el caso que ahí estaba ya en germen el surrealismo y la vanguardia toda. No es casual que en el Manifiesto del surrealismo, el primero, el de 1924, André Breton citara a Lautréamont y tradujera a principio teórico algunas de sus frases, del estilo de la citada, para afirmar que “la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad” y citara también esto otro de Pierre Reverdy: “La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas. Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza emotiva y más calidad poética tendrá”.

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Principio estético que, si tiene como punto de partida la perturbadora obra de Isidore Ducasse hace poco más o menos ciento cincuenta años, no envejece. Al ser retomado por la vanguardia, es puesto en circulación una y otra vez como lo renovador, como lo nuevo, por lo menos así lo dice el autor de estas páginas que tan oportunamente me ha hecho llegar como si supiese que hoy yo tendría que decir algunas palabras sobre estas muestras de poesía visual, páginas que ahora, aquí, yo le agradezco. (En una nota al margen —así en el original manuscrito, lo que aquí se reproduce en este paréntesis—, el autor escribió cómo cabría apelar al antecedente de esta idea en el Barroco y copia estos versos de Gian Battista Marino: “É del poeta il fin la meraviglia […] chi non sa far stupir, vada a la striglia”).

lagrima3No es mal recuerdo el de esta nota marginal para hablar de las obras de esta poesía visual, pues están tocadas por el asombro, el asombro de los artistas ante el mundo, lo que surge de una particular mirada al mundo y sus cosas, quizá una intuición, palabra que deriva, por continuar salpicando estas páginas de observaciones eruditas, de un verbo latino, tuere, intuere¸ que significaría ‘mirar de un cierto modo’, y el asombro del visitante al que se sitúa ante cosas del mundo bien conocidas, que se presentan ahora como extrañas, uniéndose así lo conocido y lo desconocido, lo familiar y lo extraño, esa unión a la que ya Sigmund Freud prestó atención y le otorgó el calificativo de unheimlich¸ dando lugar a una categoría que, si no se elaboró con ese fin, ha terminado por ser acogida por la estética.

Si esto no es un guía, si el autor de estos párrafos no es quien ahora los lee, eso invita a recordar en este momento que Dora García llevó a cabo una performance titulada El artista sin obras, en la que un guía que no era un guía, sino un actor al que García había dado instrucciones, se dirigía a un público, convocado por el anuncio de la inauguración de una exposición, para hablar de las características de unas obras inexistentes de un artista fantasmal antes de acompañarles a visitar unas salas vacías, sin obras.

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Algo de esto sucede, está sucediendo ahora aquí, sólo que sí que hay obras en las que, por prolongar la negatividad —“la fuerza portentosa de la negatividad” escribió Hegel—, por hacer seguir trabajando, pues, a esa fuerza portentosa, si hay obras, propongamos o supongamos que no hay artistas, sino obras, sólo obras, y en las obras cosas, cosas e imágenes de las cosas que salen de su lugar en el mundo, allí donde son familiares, una mosca o un salero en sus lugares, por ejemplo, y se nos muestran ahora como extrañas, el salero-mosca o la mosca-salero por continuar con el ejemplo, o un libro y una ducha que son ahora el libro-ducha o la ducha-libro, lo que da a pensar que cae sobre el cuerpo una lluvia de palabras y pensamientos, de logói griegos, y todo lo demás que ustedes —escribe el verdadero autor de estas páginas para decirlo ahora con palabras del Quijote—, diciendo ustedes como si él mismo se hiciese presente ante los visitantes hoy de esta muestra, verán.

estrella2Quien habla, entonces, son las cosas, hablan los lápices metamorfoseados en otras figuras, lápices de difícil o aun peligrosa utilización, hablan los juguetes híbridos que son juguetes a la vez que ya no lo son, habla, en otro momento, un sujetador que tiene, como los pechos que ha de sujetar o sujetó, pezones —¿se los hurtó a quien lo usó?—, habla ese sobre de azúcar que es un sobre de correo y que ha confiado al cartero sus dulces palabras, hablan las fotos del álbum familiar que han salido de él y, retocadas, trastrocadas, manipuladas, son y ya no son recuerdos de familia, plomomemoria sin memoria, habla —aunque aquí “hablar”, dice este texto, es un hablar sin que se sepa con certeza qué dice— el hueso que es a la vez mástil de un cierto instrumento musical y ello recuerda a Lelgoualch, ese personaje de Impresiones de África de Raymond Roussel que, amputada una de sus piernas, su tibia pasó a ser una flauta que él mismo tocaba.

nachoHablan las cosas, hablan y hablan, o suenan, como el acordeón en el que se despliega la obra de Picasso, habla de nuevo Dadá y Queneau y con él todo OULIPO y la vanguardia toda en un desplegable, hablan los libros-no-libros y otros objetos de decoración que se niegan también a sí mismos en sus nichos de una estantería fragmentada y hablan —aunque ¿qué dicen?— los sellos que salen de su naturaleza superficial y se hacen tridimensionales haciendo complicado introducir los envíos en las ranuras de los buzones, habla esa conjunción de lágrima de lámpara y anzuelo que hace que la metáfora de la lágrima se deshaga y sea sólo lágrima de dolor, y algo más dice la lámpara que no ilumina, que, encendida en la noche, se hace ella también noche, y habla —y no sé si respondiendo a alguna de las cosas que ya han hablado— el plano de una ciudad, tan cuidadosamente dibujado, que es a la vez una figura animal, mezclando en ello civilización y naturaleza, habla en otro momento el rollo de film, de papel film se dice a veces, que se desenrolla de sorpresa en sorpresa, habla la casita de pájaros que se multiplica en casitas y casitas de pájaros que no guardan pájaros y mundo1parecen decir la monstruosidad de lo múltiple, y también los figurines antiguos, unos que podría haber utilizado Max Ernst en alguno de sus collages, hablan con sus anudamientos de serpientes, y las fotos de un paisaje que dan a ver las letras de la palabra “paisatge” en su misteriosa redundancia, y también habla la escritura que se toca y que el cristal hace que no se pueda tocar y no pueda ser leída, escritura sin lectura.

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Pero no te preocupes, me dice que diga ahora quien ha dedicado un poco de tiempo de su vida a escribir esto, que no te preocupe que eso no pueda ser leído, que todo allí —allí donde estarás leyendo, ese allí que para ti será aquí— hable y no se acabe de entender bien qué dicen las cosas, qué dicen esas piezas de poesía visual, son visuales y son para ver y no para oír lo que dicen, y eso es lo que digo, digo lo que me dicen las cosas, de un modo parecido a como a los artistas de estas obras sin artista las cosas les han hablado. De un modo parecido, claro, pues los artistas sí que han sabido escuchar lo que las cosas les decían, el discurso del mundo, mientras que yo, al escribir estas páginas para que las leas, no he podido escuchar en lo que oía lo que las cosas decían, las verás, las verán, guía al público, guíalo en silencio para dejar así que los visitantes que sigan al guía que no es un guía puedan escuchar con claridad lo que las cosas, dejándose ver, están diciendo.

cierre

Siguiendo las indicaciones de Túa Blesa, en esta ocasión no citamos a los autores de las obras que acompañan al texto. Si queréis saber más, podéis echarle un vistazo al catálogo de la muestra ¿Poesía visual en Aragón? o, lo que es mejor, acudir al Centro de Historias de Zaragoza. ¡Se clausura el día 9 de noviembre!

Radiohead – Separator.mp3

Radiohead – Give Up The Ghost.mp3

Radiohead – The Rip.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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