PARPADEOS

aldridge

A veces te cae un libro en las manos que recuerdas siempre. Esto le ocurrió a Tomás Lobo, que escribió estas líneas sobre Parpadeos, de Eloy Tizón, el 6 de noviembre de 2007.

Tras leer la última página de ‘Parpadeos’, a uno le da la impresión de haber jugado al escondite inglés. Cierras los ojos y, durante un instante, una realidad mágica e invisible se mueve a tu alrededor sin que te des cuenta. En cuanto los abres, todo vuelve a ser tan cotidiano como anodino. Nunca sabes lo que ha pasado. Si hay alguien capaz de descubrir ese escenario paralelo al volver la vista es Eloy Tizón (Madrid, 1964). Lo hace con trece historias pequeñas que susurran sensibilidad, en las que se esconde una mirada infantil, cándida y perversa al mismo tiempo, misteriosa y fugaz. Pájaros que lloran, peces voladores, leones tristes dormitando en un portal… Si en la primera parte del libro se vislumbra una búsqueda de la inocencia perdida, de las ilusiones olvidadas que solo tienen los niños, en la segunda se detiene en los fantasmas de la muerte, en los agujeros que deja la ausencia (es absolutamente maravillosa su ‘Teoría del hueco’). ‘Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto’, reza el relato ‘Sobremesa o fin del mundo’. Además, Tizón recupera referencias sentimentales para toda una generación, desde Heidi hasta el señor Spock, a quienes sitúa en un contexto extraño y dota de una nueva personalidad. Todo está escrito con una prosa directa y despreocupada, pero que no por ello pierde sutileza, sugerencias y lirismo. Son relatos casi musicales (‘Los cuentos de Tizón no cuentan, cantan’, dice Andrés Neuman), improvisaciones delicadas para ser escuchadas mientras uno abraza suavemente la almohada del sueño y se adentra ese mundo desconocido que solo se disfruta durante un momento. Justo lo que dura un parpadeo.

Miles Aldridge nos ofrece otra forma de mirar, de parpadear…

Escucha, es nuestro regalo…

Air – Sexy Boy.mp3

Air – All I Need.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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