SOY ATEO PRACTICANTE

20080113023639-roberta-4Nuestro colaborador habitual Pablo Díaz nos envió el 13 de enero de 2008 una reivindicación de su ateísmo. Aquí os la dejo.

Cuando era pequeño creía que el mundo desaparecía al cerrar los ojos. Por las mañanas las calles y las personas se disponían y se ordenaban para que yo las mirase. Y se mantenían así hasta que apartaba la vista. Entonces se desvanecían. Tal era mi convicción que a veces, en la noche, corría desde la cama a la ventana para pillar “in fraganti” a esa calle nocalle. O me daba la vuelta de repente para sorprender al mundo al revés, ese mundo informe y sin sentido que dormía durante mis ausencias. En algún momento de mi infancia dejé de creerlo. No fue traumático, no, puesto que ni siquiera recuerdo cuándo pasó. Supongo que un buen día consideré la posibilidad de que las cosas fueran y ya está. La hipótesis de un mundo mágico que se construía para mi entretenimiento dejó de tener sentido por innecesaria. Fue así, sin ninguna prueba concluyente, como de manera natural dejé de considerarme el centro del Universo. Y digo “sin pruebas” porque hasta el día de hoy nadie ha sido capaz de demostrarme que estaba equivocado. Algo similar me ocurrió en la adolescencia con la existencia de dios. Fue un largo despertar en etapas. Primero cayó el dios que mi madre había descrito al detalle durante cientos de mañanas de invierno en las que solía meterme en su cama en busca de calor y hambriento de historias. Le siguió el dios de la parroquia y poco después el dios cristiano. No tardó en desmoronarse el dios de dioses, el de todas las religiones, el dios en abstracto. Me convertí en ateo sin ninguna prueba concluyente, como en el caso de “el mundo a la medida”, la hipótesis de dios se desdibujó por innecesaria. No sabía entonces que era la navaja de Ockham el argumento que movía mis impulsos. En cualquier caso, quise proclamar mi ateísmo pero me topé con un muro de carga. Hasta la persona más sensata parecía azorarse con el sólo planteamiento de un mundo sin dioses. Me di cuenta de que decir: “dios no existe” era ofensivo y me sentí poderoso, podía escandalizar a placer. Así lo hice en reiteradas ocasiones durante mi adolescencia rebelde. Sin embargo, quizá por un mal entendido sentimiento de solidaridad, por un “no herir sensibilidades” o probablemente por el cuidado bien aprendido de no robarle la ilusión al niño que inventa el mundo, me declaré agnóstico cuando rondaba los dieciocho años de edad. Un agnosticismo blando que me permitía expresar opiniones sin quitarle el aliento al creyente. El creyente, ese ser delicado al que había que proteger de la duda. Tal fue mi deseo de agradar, que en alguna situación me vi envuelto en mentiras piadosas como: “¡Ojalá tuviera tus convicciones religiosas!”. Con el tiempo, no obstante, he ido entendiendo las profundas diferencias que separan la fantasía del niño de la creencia religiosa. Si la primera inspira el cuento de hadas la segunda motiva el drama carcelario. La fantasía es libre y personal mientras que la religión es una imposición que cobra sentido en colectividad, en rebaño. La fantasía no busca la aprobación de alguien ajeno a ella: si en su camino te toca, quizá te impregne. La religión, por el contrario, necesita convencer y manipular y si en su afán proselitista te toca a buen seguro te contaminará. La fantasía no mata. Ni tortura. La fantasía es fantasía y la religión es simplemente mentira. Ahora es el momento de decirlo. Soy ateo practicante y reaccionario. Pero si hay algún creyente que está leyendo nervioso estas líneas y que, sin querer, tiene clavadas las uñas debajo del asiento que se relaje, por favor. Que no me voy a cagar en dios. No. No me cagaré en dios puesto que no tengo dios en qué cagarme.

N’REY es un ucranio muy imaginativo que descubrimos gracias a Enkil. Esta es su reinterpretación del hombre de Vitrubio, de Leonardo.

Una bella cancion…

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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