LA SÁBANA DE LAS RESPUESTAS. EL LENGUAJE DE LAS IDEAS (VII)

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Nuevo capítulo de La sábana de las respuestas, con Safo y Enrico como protagonistas. Se publicó en la vieja Caja el 27 de enero de 2008.

(La cafetería tranquila. Enrico y yo y una pareja en el rincón que se decía cosas en voz baja. Mesas de mármol bajo una claraboya que filtraba una luz tenue, insuficiente para la lectura. Un café solo y una horchata. Sonaba Sueño de amor de F. Liszt).

“Me hablas de la Idea y yo imagino un caracol. Redondo. Bello. Perfecto. Después me obligas a hacer de esta imagen un absurdo quebrado y feo. El concepto. Y dices que el concepto es necesario para la comunicación. Lo siento, Safo, me parece desolador. ¿Por qué es necesario el concepto? Dime, ¿por qué es necesario algo tan feo? Concepto, hasta la propia palabra es fea”. Enrico hablaba despacio como si a cada palabra le precediera un pensamiento. Hablaba y masticaba el aire. Hoy, sorprendentemente, el aire sabía a limón. “No hay nada feo en aquello no bello mientras no pretenda serlo. Sencillamente, Enrico, el concepto no pertenece a la categoría de Belleza, sino a la de lo útil. Y es por su utilidad por lo que debe ser juzgado. La idea es redonda y bella. Cierto. Sin embargo, tan perfecta es como inaccesible a todo aquel que no la ostenta. Lo que para ti es Idea para mí es Cosa. Por eso es necesaria la Palabra. La Palabra proyecta la Idea y origina el Concepto. Como sombra, el Concepto es una simplificación de la Idea, una normalización de ésta. Pero como producto normalizado es válido para el intercambio, para la comunicación”. Las últimas palabras incomodaron visiblemente a Enrico. No era difícil de ver. Sus angulosas mandíbulas terminaban en una bola inflamada, tanto más abultada cuanto más apretaba los dientes. Sus ojos nerviosos buscaban ávidamente alguna respuesta en el suelo o en el aire. Al final me miró decidido y dijo: “Por un lado dices que la Palabra proyecta mi caracol en ese dibujo quebrado y yo no veo palabras en nada de esto. Por otro lado, si la belleza desaparece en la proyección, entonces ¿de qué manera podemos expresar o comunicar belleza? ¿Acaso no existe la Poesía?”.

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La melodía de Liszt cruzaba indolente el espacio. La Belleza misma no necesita reivindicarse, pensé. Respiré hondo y contesté: “Mi querido amigo, respecto a lo primero, nunca he dicho que la Palabra se redujera a las palabras. Ya hablaremos de esto más adelante… Afortunadamente, el Concepto no es la única proyección que la Palabra puede ofrecer desde la Idea. Es la más simple, eso sí, y también la más alejada de ésta. En el otro extremo encontramos la sombra más afín a la Idea: la Metáfora. Imaginemos unas manos haciendo sombras chinescas. Identificaremos las manos con la Idea, el foco de luz con la Palabra y la sombra será lo que vemos, el elemento común, es decir, el Concepto o la Metáfora. Según coloquemos el foco en una posición o en otra las sombras cambiarán aunque las manos sigan siendo las mismas. Habrá una posición en la que las manos serán difícilmente reconocibles en la sombra. A esta sombra la llamaremos Concepto. Sin embargo, existirá otro lugar preciso en el que el foco proyectará las manos con la mayor fidelidad. Esa sombra será la Metáfora. La Metáfora, Enrico, es el lenguaje natural de la Idea. Y sería el más común si no fuera porque no existe una manera sistemática de encontrarla. La Metáfora se adapta a la Idea como un traje hecho a medida que sólo el sastre, en sus funciones superiores, es capaz de diseñar”. “¿Y quién es el sastre?”, preguntó Enrico intrigado. “El sastre es el poeta o el científico. El sastre es el creador. Tú puedes ser el sastre”, respondí. Y Enrico se sonrojó.

“Hand Shadows To Be Thrown Upon The Wall” es una obra fascinante que nació de la imaginación y creatividad de Henry Bursill allá por 1859. Prueba tus habilidades con las sombras, las palabras y las ideas…

Sueño de amor…

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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