BERLÍN

berlin1La primera colaboración de Virginia se publicó el 7 de abril de 2008. Nos contaba su fascinante llegada a la ciudad de Berlín. Aquí os la dejo.

Nos dirigíamos al tren, que avanzaba lentamente hacia nosotros, con el ansia desazonada de quien espera reencontrarse con un amor que ha estado ausente demasiado tiempo. Las maletas se deslizaban manteniendo una distancia constante por detrás de nuestros cuerpos con la diligencia de dos perros adiestrados, satisfechas de estar al fin con sus dueños. La mía un cachorrito tambaleante sin mucho mundo. La de N un ejemplar bien alimentado y con algo más de experiencia. Hubiera jurado que avanzaban flotando a unos centímetros del suelo hasta que llegamos al escalón, momento en que mi perrito levitador se acababa de convertir en un niño caprichoso que se negaba a subir al tren. -¡En cuanto lleguemos al hotel, castigado!- grité, tras conseguir a la fuerza que subiera. Todas las miradas del vagón se clavaron en mí y me di cuenta de que, por primera vez en Berlín, me había puesto en evidencia.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASin ninguna razón clara N y yo parecíamos haber firmado un acuerdo tácito por el cual haríamos el último trayecto, el que nos debía conducir desde el aeropuerto a nuestra habitación, el más corto de un viaje hasta ese punto milimétricamente planificado, a la deriva.

Ocupamos un par de asientos preguntándonos dónde estábamos y adónde llevaba ese tren. N desplegó un gigantesco mapa tras el cual quedamos parapetados. Nos asomamos afuera para echar un vistazo al panel luminoso donde se anunciaba la próxima parada y tratamos de reproducir en voz alta aquella curiosa combinación de letras. “Bien, ahora a buscarlo en el mapa”.

berlin3Aunque era incapaz de pronunciarla, podía ver la imagen de esa palabra grabada en mi mente con tanta nitidez como la camiseta a rayas rojas y blancas de Wally. “¡Aquí está!”. Íbamos por buen camino, sólo había que esperar y dejar que el tren continuara su marcha.

Todavía sin poder quitarme de la cabeza el incidente de la maleta, que ahora descansaba a mis pies, cerré los ojos. Creo que N hizo lo mismo.

Viajar a ciudades en las que no he estado antes me resulta tan excitante como una partida de ajedrez recién empezada, con todo el tablero por delante, pero la falta de sueño y el traqueteo del tren se combinaban en un cóctel que saboreado con los ojos cerrados resultaba irresistible, y pronto Wally me sonreía desde alguna página de algún libro. Sabía que debía de estar rodeado de gente pero no veía más que su cara llenando todo el espacio, y cuanto más me miraba él más deseaba yo que no hubiera nada más que la cara de Wally.

berlin6rDe pronto, una voz extrañamente sensual hablaba desde un lugar lejano. Por más que me esforzaba no conseguía entender el significado de aquellas misteriosas palabras, aunque sin duda esa tía estaba cachonda y yo también empezaba a estarlo. Me acerqué aún más a Wally. Me moría por besar sus labios y borrarle de una vez esa sonrisa de la boca. El tren paró y me desperté sobresaltada. Reconocí al tipo que me miraba con cara de susto desde el cristal de enfrente. N también se había, digámoslo así, quedado traspuesto, y acababa de volver. Por megafonía una voz de mujer que me resultaba familiar anunciaba algo en alemán. Todo el mundo salió del tren y nosotros hicimos lo mismo.

Estábamos sentados en un banco en el andén. Ya era de noche y la estación se había quedado vacía. Me dije a mí misma que en algún momento debía de haber pasado un tren invisible llevándose a todo el mundo con él. Sé que suena estúpido pero me entró una preocupación casi maternal por ellos y deseé que allí donde estuvieran se encontraran todos bien. Decidimos salir de aquella estación y caminar. Nos vendría bien estirar las patas.

berlin11Pronto habíamos andado lo suficiente como para comprobar que nuestras maletas habían engordado. Paramos. Una luz de neón anunciaba intermitentemente que el garito estaba abierto las 24 horas. Ninguno de los dos recordábamos haber estado nunca en un bar que no cerrara nunca y, elevando nuestras cervezas, brindamos por la doble coincidencia.

A excepción de este hecho en particular, era un bar como otro cualquiera. Tenía una barra con butacas, camareros y una pequeña pista de baile donde acababan de empezar a pinchar. Enseguida la pista dejó de estar vacía. Cerveza en mano, nos abrimos paso tirando de nuestras maletas, para las que encontramos un hueco al lado del dj. Un momento después ya no cabía un alma y nuestros cuerpos se agitaban rabiosos junto a los demás. N y yo bailábamos, saltábamos, cantábamos y girábamos agarrados de los brazos, cubiertos de sudor. En plena euforia fuimos a dar varias veces con la cabeza en una pared sorprendentemente blanda, acolchada sin duda por el efecto del alcohol. “¿No es genial?, con cada cerveza te ponen un sello de tinta azul en el brazo, y por cada tres sellos te dan una cerveza gratis”. Lo último que recuerdo es perderme en mis brazos intentando contar sellos entre aquel tatuaje azul que se extendía ya hasta los hombros.

berlin13Desperté con un fuerte dolor de cabeza. N dormía frente a mí sobre su maleta abierta. Me arrepentí de haber metido el secador de pelo, que se me estaba clavando en el costado. Un poco más de ropa hubiera estado mejor. N abrió los ojos e inmediatamente se llevó una mano a la cabeza con gesto de dolor. Nos echamos a reír. Desde nuestras maletas abiertas sobre la pista de baile alcanzábamos a ver a un par de parroquianos bebiendo cerveza en la barra. El camarero nos saludó con la mano mientras sonreía. Me miré los brazos preguntándome si aquello nos daría para un par de cervezas más.

berlin14

Las imágenes del Berlín subterráneo y mutante son obra de Martin Waltz, un artista de la fotografía callejera.

Para escuchar, Beirut

Beirut – The Penalty.mp3

Beirut – The Canals Of Our City.mp3

Beirut – East Harlem.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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