LOS OJOS DEL JAZZ

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Tomás Lobo nos recordó el 16 de octubre de 2008 la figura de William Claxton, el fotógrafo del jazz y de las estrellas del cine y la moda, que había muerto unos días antes a los 81 años.

Sus fotografías llevaban música dentro, a Charlie Parker, a Art Pepper, a Billie Holiday, a John Coltrane. Y a Chet Baker, sobre todo a Chet Baker. Eran imágenes que olían a humo de tugurio de la costa oeste, con murmullo de fondo, con la tensión del combate entre el artista y su instrumento. Pura improvisación cool. “Jazz para los ojos”, decía él. Pero los ojos del jazz, los de William Claxton, se acaban de cerrar para siempre. Ya de niño coleccionaba los vinilos de los más grandes. Duke Ellington, Lena Horne o Count Basie forjaron sus sueños de aquel chico de Pasadena. Estudió psicología en California y ya en los 50 frecuentaba los garitos con una vieja cámara con la que desnudaba el alma del jazz. En aquel tiempo, conoció la mirada arrasada de Chet Baker, que tocaba en el cuarteto de Gerry Mulligan. Convertido en profesional, realizó una memorable colección de portadas de discos de la época. Miles Davis o Thelonius Monk pasaron ante su objetivo. Claxton no se quedó ahí. Tras el jazz llegó la moda, con maravillosas instantáneas de su esposa, la modelo Peggy Moffitt. Rompió moldes cuando la fotografió con un bañador diseñado por Rudi Gernreich que dejaba sus pechos al aire. Era el año 64. Después llegarían otras grandes estrellas: Barbra Streisand, Frank Sinatra, Shirley McLaine, Marlon Brando, Natalie Wood… Uno de ellos fue especial. Steve McQueen, de quien fue gran amigo, protagonizó algunas de las más bellas imágenes de Claxton. Pero el pasado sábado se acabó la música. El barman empezó a recoger los vasos semivacíos del local mientras se apagaban poco a poco las luces del escenario. Al fondo, estaba Chet Baker, con su figura lánguida y su cabello alborotado, recogiendo la trompeta. Y Clax le tiró la última foto.

La imagen y su sonido…

Chet Baker – Embraceable you.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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