CENA EN BLANCO

RoggeCuca Guillén participó en una cena muy especial de la que dio cuenta la vieja Caja el 8 de julio de 2009.

Cuando me lo dijo Paquito, me quedé ‘astonished’, oyes. “I don’t believe it, Paquito”. “Que sí, tía, que he invitado a las más fashion de la peluquería y tú no me podías faltar, darling”, me dijo. “Pero, ¿no habrás avisado a las perracas de la Peñaza, no?”, le pregunté yo. “Que no, mi amor, que solo estará lo más granado, todas amigas mías, modernas, ya sabes… Bueno, como tienes chacha, tú te encargas de la comida. Que no falte el caviar, mi amor…”, me contestó. Cuando se lo comenté a Pitusa, casi me da un bofetón. “¿Qué te vas a una fiesta con gente toda vestida de blanco, a un parque, en plan botellón clandestino, como los pobres?”, me gritó. “No te enteras, Pitusina, que esto es lo más chic”, le respondí buscando la puerta. En cuanto me quité a Pitusa de encima, me compré un Dolce Gabbana blanco por eso de ser transgresora y me empecé a pintar como una loca, no fuera que se notara que me salté mi última sesión de bótox.

Me pasé por la pelu y me cogí a Paquito del brazo, que el chófer, que se llama Roberto y tiene unos músculos que te dejan tiesa, estaba en la puerta. Por no llamar la atención, solo pillamos ostras, caviar, un poco de ‘foie’ y media docena de botellas de Dom Perignon. Al llegar al Parque Grande, me quedé muerta. Antorchas junto a la fuente de Neptuno, flores a tutiplén, cristalería fina, cubertería de plata, un cuarteto de cuerda y la multitud vestida de blanco. Era hasta sexy, oyes. El chófer nos preparó el mantel y fue colocando las cosas, mientras Paquito y yo fichábamos al personal. Eran todos, o casi todos, tan ideales que solo me faltaba José María Aznar, por eso del glamur. “Mira, Paquito, esa guarrona se ha traído un Dior y se le ven todas las tetas…”, le comenté a Paquito, que andaba mirándole el trasero a un jovencito vestido de ibicenco. “Ains, Paquito, siempre pensando en lo mismo…”, le dije. Mi estilista no perdía comba: “Mira, por allí está Helena Santolaya, la Cuartito… ¿Y esos niños tan monos? Ese de las gafitas me trae loca… Por acá está el Pepe Cerdá, y Gabi Añaños, y Yago de Mateo, y esa de la tele…”.

Hecho el repaso, empezamos a cenar (las loros que había traído Paquito, tan jovencitas ellas, no abrían la boca más que para chupar ostras, las muy buitres). En estas que escucho a mi espalda: “Pásame el sushi…”. “¿El sushi? ¿Ves Paquito? Ya te dije yo que teníamos que haber traído sushi. Vamos a quedar como dos catetas”, le gruñí mientras el muy impresentable se zampaba el caviar de beluga como quien se mete una fabada. Bueno, prosigo. Cuando todo parecía ideal de la muerte  (los adolescentes de las litronas se mantenían a una distancia prudencial no fuera a ser que se encontraran a sus padres), me cayó una gota en mi nariz recién operada, oyes. “Coño, Paquito, que está lloviendo”, avisé. Paquito ni se inmutaba entre las ostras y el ‘foie’. En dos minutos, se presentó allí la de Dios es Cristo. “¡¡¡Paquito, trinca el caviar!!!”. Y el peluquero maricón como si oyera llover, nunca mejor dicho.

No podía aguantar semejante estropicio, así que salí de debajo del árbol y me lancé a tapar los platos. Craso error. Tenía que haber mandado a Roberto. El tacón de mi manolo se me clavó en la hierba y ya os imaginaréis lo que pasó. Me di semejante sopapo que el caviar dio tal salto que aún lo están buscando. El Dolce Gabanna, para tirar, los manolos, ídem de ídem, las ostras, hechas sopa… ¡¡¡Y las amigas de Paquito partidas de risa mientras se fumaban no sé qué!!! Ultrajada, humillada, mojada, de barro hasta las cejas y de indignación hasta las orejas, no pude más. “¡¡¡Roberto, el coche!!! ¡¡¡Nos vamos!!!”, grité como solo una gran dama sabe hacerlo. “Pero, chica, que no pasa nada -me dijo Paquito- no te vayas, mi vida, que va a pinchar la Cuartito…”. “Ni Cuartito ni gaitas”. Y me fui a casa como alma que lleva el diablo, Dios me perdone. Menos mal que estaba Roberto, que si no…

El 3 de junio de 2009 se organizó la primera cena en blanco de Zaragoza, en el Parque Grande. Para ilustrar la crónica de lo que allí le ocurrió a Cuca, hemos escogido una fotografía de la alemana Claudia Rogge, siempre tan fascinante. 

De blanco…

Procol Harum – A Whiter Shade Of Pale (YouTube)

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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