SABER DECIR

OjosTPEl 21 de septiembre de 2009, Tomás Lobo nos regaló un cuento de amor, ahora que llega el otoño y su inevitable melancolía.

R se apoyó en el quicio de la puerta, en silencio, observándola con un cierto rubor en las mejillas. P no sabía si invitarle a entrar o no. Habían hablado toda la noche, parecía que se gustaban. “No dices nada”, dijo P. “No quiero que nada de lo que diga cambie la emoción de esos ojos con los que me estás mirando”, respondió. Y volvió al silencio. R pensó que acababa de decir la última chorrada antes de escuchar un compasivo “buenas noches, ya nos veremos”. Pero no fue así. “Es precioso lo que me acabas de decir”, murmuró P, mientras le daba un beso suave en el cuello y pensaba en lo interesante que parecía ese chico desconocido, camarero del bar de siempre, al que nunca le había prestado demasiada atención, pero que aquella noche sabía decir las palabras exactas que enamoran a una chica. R se puso un tanto nervioso mientras P abría la puerta. Su casa era pequeña, llena de libros y discos, con una minúscula cocina americana ordenada con pulcritud. P cogió unas cervezas del frigorífico y le ofreció una a R. El chico bebió un trago para entretenerse con algo que evitase la conversación directa. Quiso fumar, pero ella le dijo que en su casa no. “¿Seguirás diciéndome cosas bonitas?”, preguntó P con una media sonrisa mientras devolvía el cigarrillo de R al paquete. R se quedó parado. Él nunca decía cosas bonitas. Solía desenvolverse con un “lo siento, me queda poco cambio” o “en diez minutos cerramos”. A veces soltaba un “déjame en paz” o “vuelve más tarde”. Con las chicas se defendía con unos minutos de conversación insustancial y un “¿te vienes a mi casa?” que solía funcionar. Pero nunca decía cosas bonitas, de esas que enamoraban a P. “Venga, dime algo”, insistió P. R quiso decir “¿en serio que no puedo fumar?”, pero se calló. Ella le miraba fijamente a los ojos y R no sabía cómo salir del paso. Al final, la agarró de la cintura y la empezó a besar en los labios mientras le arrancaba la blusa. La desnudó bruscamente, en menos de un minuto. A P le gustó, casi tanto como la frase. Se excitó mucho. R es un chico que sabe lo que le hace feliz a una mujer, pensó.

Ya en la cama, P devoró a R. Se fijó en sus ojos, en sus labios, se clavó sobre él pensando que el amor de su vida al fin había llegado. R, mientras tanto, buscaba una frase con la que convencer a P que era capaz de enamorar a una mujer con unas bonitas palabras. Pero no se le ocurría nada. Mientras P se estremecía, R se sumía en la frustración. Necesitaba una frase. No se podía correr. Después de dos horas, P se retiró rendida, convencida de que se encontraba ante una verdadera máquina de amar. “Es el hombre perfecto”, resolvió. Se había enamorado. R, sin embargo, se repetía la misma pregunta: “¿Y yo qué le digo ahora?”. P se abrazó al pecho de R, le besó en el hombro y cerró los ojos, quizá pensando en el siguiente regalo de amor que recibiría. Pero R seguía en silencio. Le dio un beso en la frente, le acarició el pelo y la espalda y trató de ganar tiempo. Debía decir algo bonito. “No dices nada…”, murmuró P con los ojos entreabiertos. R miraba al techo con la mente en blanco. Se dio cuenta de que solo tenía una salida. “Lo siento, pero tengo que marcharme”, afirmó. En un instante, se levantó de la cama y se puso los pantalones. Nunca se había vestido a mayor velocidad. P lo observaba fijamente. R cogió la chupa y, con un gesto de suma tristeza, se despidió. P se abrazó las piernas y se dio cuenta que además R tenía un punto misterioso que lo convertía en irresistible. R se quedó parado en el portal. Observó cómo amanecía. Se encendió un cigarrillo y comprendió que nunca más la volvería a ver. Se dio cuenta de que él no sabía decir cosas bonitas.

Las imágenes que acompañan este relato forman parte de la serie “Cartografías”, de Tatiana Parcero, una artista mexicana que utiliza su propio cuerpo para construir una nueva geografía interior.

En pocas palabras…

Elliot Smith – Jealous Guy.mp3

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Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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