25 DE NOVIEMBRE DE 2018

Helena Santolaya leyó esta carta de Alicia Lázuli en el instituto Tubalcaín de Tarazona (Zaragoza), con motivo del Día internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.

Querida tía Neus, cómo me gustaría que estuvieras aquí ahora que se aproxima el
25 de noviembre. Ya sé que tú siempre dices que la lucha contra la violencia hacia la
mujer no puede limitarse a un solo día, que ha de ser una tarea permanente, pero no
puedo evitar un nudo en la garganta cada 25 de noviembre. Tú me contaste que fue el
movimiento feminista latinoamericano quien acuñó esa fecha en 1981, conmemorando
la muerte de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, tres hermanas violentamente
asesinadas en la República Dominicana en 1960 por su oposición al dictador Trujillo,
y que más tarde, en 1999, la ONU se sumó a la jornada reivindicativa y declaró cada
25 de noviembre Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Entiendo que es necesario que los gobiernos tomen conciencia del problema, que se
tomen medidas para combatirlo, pero es triste que tenga que institucionalizarse un día
para recordarnos lo que nunca debería ocurrir, ¿no te parece, tía Neus? Es desalentador
pensar que la violencia ejercida contra las mujeres es la más extendida en el mundo, no
en algunos países del mundo, no, ¡en el planeta entero! Y lo peor es que los hombres
no se dan cuenta: cuando les hablas de violencia de género, te responden que de qué
género, que también ellos sufren muchas veces la violencia de las mujeres. Yo no digo
que las mujeres no podamos ser violentas, pero ¿alguna vez un hombre, caminando
solo, ha sentido temor al cruzarse con una mujer por la calle? ¿Alguna vez un chico ha
sentido temor de ser violado por un grupo de chicas, por una manada femenina?

Hace poco escuché un discurso de Chimamanda Ngozi, la feminista nigeriana de
la que me hablaste. Cómo me gustó, tía Neus. Habla con tanta claridad, con tanta
sencillez… Es cierto que la situación no es del todo la misma en Nigeria y en España,
pero su discurso ilustra muy bien el problema del género, que no es exclusivo de
ningún país. Yo no era partidaria, ¿te acuerdas?, de utilizar la expresión “violencia de
género”, me parecía más acertado hablar de “violencia machista”, pero ahora no estoy
segura porque, como dice Chimamanda, si no existiera la distinción de géneros, si no
existieran los roles de género, la relación entre hombres y mujeres sería radicalmente
distinta. Según ella, la cultura no hace a la gente, es la gente la que hace la cultura. Y
si una cultura, la nuestra en este caso, ha establecido tradicionalmente esos roles, nada
nos impide cambiarla. Claro, que esa es una labor lenta, una labor que pasa, sobre todo,
por la formación, por la educación, ¿no te parece, tía Neus?

¿Recuerdas que en tu última carta me recomendabas el libro de Nuria Varela Feminismo
para principiantes? Pues me hice con un ejemplar y tengo que darte las gracias,
aunque casi me siento avergonzada por desconocer a tantas mujeres importantes, a
tantas mujeres combativas a quienes la historia ha pretendido silenciar. Tampoco sabía,
tía Neus, que el color violeta es el color del feminismo en el mundo entero y que la
leyenda cuenta que es en honor de las 146 mujeres que murieron en 1911 en una fábrica
textil, al no poder escapar de las llamas porque los responsables habían cerrado con
llave las puertas. ¿Eran de color violeta las telas sobre las que las obreras trabajaban?
¿Era violeta el humo que se desprendía del incendio y que envolvía la ciudad de Nueva
York? La leyenda se ha fundido con la historia, porque, sea como fuese, el color violeta forma parte ya del relato feminista. No quiero frivolizar, tía Neus, pero qué extraño es el
poder de los colores. Y qué absurdo, en ocasiones. Porque, como tantas cosas, se trata de
una construcción cultural. Desde luego, los colores no están biológicamente asociados
a ningún género; además, ¿sabías que, hasta no hace tanto tiempo, en muchos países
de Europa y de fuera de Europa, el color rosa era el que se asociaba con los chicos?
Bueno, tía Neus, que ya sabes la facilidad que tengo para irme por las ramas. Que solo
quería escribirte porque, en fechas como la del 25 de noviembre, me acuerdo mucho de
ti y de todas las cosas que me contabas antes de que te marchases, cuando me hablabas
de cómo las mujeres de tu generación luchabais por la igualdad en una época en la que
solo sugerir que las mujeres tenemos derechos era un acto de valentía, en una época en
la que pronunciar la palabra igualdad podía llevarte incluso a la cárcel. Muchas cosas
han cambiado desde entonces, pero queda todavía un largo camino por recorrer porque
el maltrato y la violencia machista siguen existiendo, las esquelas con nombre de mujer
siguen tiñendo de negro las páginas de nuestra vida cotidiana. Y, aunque, desde luego,
debemos exigir la responsabilidad penal para los agresores, todos, hombres y mujeres,
somos responsables en mayor o menor medida de la escisión de géneros. Cada vez que
justificamos el trato brusco, descortés o grosero porque es lo normal entre los chicos,
estamos contribuyendo a la segmentación. Cada vez que hacemos un regalo con el
filtro de lo que es propio de una chica o un chico, estamos contribuyendo a perpetuar
los roles de género, cada vez que miramos hacia otro lado cuando detectamos una
conducta inadecuada, estamos alimentando la violencia.

Sueño con una sociedad donde el género no sea más que una propiedad gramatical,
donde cualquier persona pueda caminar descalza, con tacones o con zapatillas sin
miedo a ser agredida, donde las mujeres no tengamos que sentir temor al tropezarnos
con un hombre o con un grupo de hombres, a cualquier hora del día o de la noche.

Porque las mujeres, tía Neus, no queremos sentirnos valientes cuando salgamos a la
calle, queremos sentirnos libres.

Un abrazo. Y espero verte pronto.

Alicia

Las ilustraciones que acompañan el texto son obra de Antonia Santolaya y forman parte del libro Feminismo para principiantes, de Nuria Varela.

Rozalén – La Puerta Violeta (YouTube)

Acerca de cajadeloshilos

Somos tres carretes sin hilo. No tenemos ni presente, ni futuro. Sólo nos une el origen. Un pequeño gran bar zaragozano, donde entre cervezas y humos descubrimos que la ciudad deshilachada aburre. Que hay que coserla. Ahí nació todo. Quizá fue por una canción. O por una borrachera. O por la mirada expectante de Helena. El caso es que allí se encuentra el principio de nuestros desvaríos. El tiempo y la mala fe de algunos frustraron ese punto de encuentro. Pero no se perdió su espíritu y allá donde fuimos nos acompañó “La caja de los hilos”. Ahora volvemos a apuntar el rumbo. Solo necesitamos un hilo, un dedal, una aguja, un trapo viejo y un poco de habilidad. Si queréis colaborar con nosotros, nos podéis enviar vuestros textos a la dirección cajadeloshilos@gmail.com
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