MALA ESTRELLA

Alicia Lázuli nos envía un aviso necesario, casi obligatorio. Este jueves día 7 de febrero, a las 19.30 horas, se presenta en la Fnac de Zaragoza el poemario Mala Estrella, de Elena Pallarés. En el acto, intervendrán, además de la autora, Trinidad Ruiz Marcellán (editora), Túa Blesa y Helena Santolaya.

¿Es Mala estrella un libro de poemas? ¿Es un solo poema fragmentado en tantos rayos de luz poética como nombres recoge la agenda emocional de Elena Pallarés? Mala estrella es, en cualquier caso, un libro estrella, un lugar común convertido de forma magistral en lugar de excepción gracias a una poeta que, si ya nos había sorprendido con El Malentendido, Ajuste de cuentas Ella guarda secretos, ahora nos ofrece un inquietante diálogo entre la vida y la muerte que la sitúa entre los nombres propios imprescindibles de la literatura. Lectura obligatoria, Mala estrella.

Sobre estas líneas, la obra ‘Venus y Adonis’, de Helena Santolaya y Elena Pallarés.

Rosalía – Me quedo contigo (YouTube)

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EL NÚMERO CIEN

Pablo Díaz publicó en La habitación de Klaus este conmovedor relato sobre esa furtiva mirada atrás que acompaña el abrazo de la parca.

Las calles se escapan por el vértice de un cono vacío. También el ruido del tráfico, el bullicio de gente saliendo de algún edificio público, los gritos de los insensatos, el tamborileo de pasos de los que van decididos a alguna parte. Todo escapa de esta azotea, la del edificio más alto. Todo escapa como barrido por el viento incivilizado. Quedo yo y queda el sol, y estos dedos de los pies torcidos y aferrados al filo como las garras de un buitre. Debo pensar en algo, eso dicen, hacer repaso de mi vida o recordar mi infancia. Debo fumarme un cigarrillo antes de saltar, es lo que hacen todos los condenados a muerte, o al menos eso dicen. Pero yo no fumo ni estoy condenado a morir, al menos no en mayor medida que todos esos de ahí abajo. Por otro lado, ¿para qué voy a pensar en mi vida? Dentro de unos segundos mi encéfalo ocupará una superficie considerable de acera y nadie podrá recuperar lo que ahora piense, y menos mis recuerdos de infancia.

Aunque ya he decidido no pensar me he forzado a contar hasta cien antes de dar el paso definitivo. No es más que una manera de concretar el momento, de no tener que tomar la decisión de que sea este preciso instante y no el posterior, o el que le siga. Será en el segundo cien, un número incuestionable. Uno, dos, tres…

Uno no puede dejar de pensar aunque cuente. La sucesión de números termina más bien por convertirse en letanía, en la música de fondo de una imagen sólida. Y en este caso esa imagen es el rostro de mi padre. Mi padre. Fuera. No merece ser uno de mis últimos pensamientos. No por mala persona, sino por persona gris, inacabada, incapaz, incompetente, y todos los “ines” que a uno le vengan a la cabeza. Dieciséis, diecisiete. Odio tener que escuchar su monserga día tras día, ese discurso que no es más que un edificio dialéctico sobre sus frustraciones. Mi padre es tan aburrido de pensar que su sola idea le tienta a uno a saltar antes de terminar la cuenta… Pero no, contaré hasta el final, hasta cien, porque cien es un número incuestionable. Mi madre, entonces, ¿por qué ella? ¿Por qué me tengo que acordar de mi familia antes de morir? Debe de ser algo cultural, supongo, aunque no creo que sea ahora momento de investigarlo. Mi madre. Veintisiete, veintiocho. Mi madre es una persona vital, sin duda. Una persona vital que sufre. Siempre la recuerdo sufriendo por cualquier cosa. Dicen que el sufrimiento es una actitud que viene con la condición de madre, eso dicen. Lo de mi madre es distinto. Treintaiséis. Sufría como todas al principio, es decir, poco a poco. Aunque todo cambió el día que mi hermano perdió un ojo con la aspiradora. No volvió a ser la misma. Le preguntabas y no contestaba, sólo comía. Sólo come.

Creo que es mi madre la que debería estar en mi lugar, aquí, apunto de morir. Ella tiene motivos para quitarse la vida, motivos de esos que uno puede aducir en una sobremesa y que a todos les hace comprender y agachar la cabeza. Cincuentaiuno, cincuentaidos, cincuentaitrés. Pero ella no se suicidaría nunca, no, porque es vital. Yo, por el contrario no soy vital pero soy feliz, hasta donde da de sí la palabra, claro. No tengo ningún motivo por el que acabar con mi vida más que el puro hastío. Me hastía la gente, con sus caras de panoli y sus palabras autocomplacientes, que son casi todas las que no expresan queja. La gente, cuanto más cercana a uno tanto peor. Por ejemplo mi novia: no la soporto. Sesentaitrés. Ni a mi novia ni a su incesante obsesión por la maternidad y por la limpieza. Como si estuviera programada. Así son las novias, dicen, pero a mí eso no me consuela.

Mi hermano es otro ejemplo, me pudre ver a mi hermano el tuerto, y el victimismo que ha desarrollado en torno a su accidente. Setenta. Es patético el pobre, y va por ahí pidiendo cigarrillos a los amigos. Detesto a los amigos, por principios, detesto la amistad. La amistad es el pretexto perfecto para soltarle el rollo a otro. Setentaicuatro. Si tu amigo está deprimido, debes ejercer de psicólogo. En sus momentos de euforia, sin embargo, bombardea con proyectos irrealizables a los que hay que atender y alabar para que no se deprima. Ochenta. La amistad es otro ansiolítico, éste contra la soledad. Pero no es el único. Ochentaidós. En el fondo, todos los de ahí abajo están anestesiados. Viven anestesiados para no enfrentarse a la realidad, que a veces se muestra cruda o triste aunque casi siempre es inquietante. La gente nace, vive y muere anestesiada. Ochentaicinco. Como mi padre y mi madre, y mi hermano el tuerto y mi novia y los amigos y todos esos puntos negros de ahí abajo, que se mueven bajo mis pies y que van decididos a alguna parte. Todos anestesiados. Noventa. Quizá si alguien les dijera… Si alguien les guiara… Alguien como yo que ha despertado. Podría hacerlo, claro, iluminar a la humanidad. Podría ser yo ese profeta que pone luz en todo esto. ¿Por qué no? “Hermanos, os voy a descubrir el secreto del tiempo…”. Noventaiséis, noventaisiete. Podría escribir todo un discurso, sí, que penetrase en las cabezas de todos y cambiase el mundo. Pero es tarde, ya llego al número cien. Ya estoy ahí y tengo que saltar. Porque cien es un número incuestionable.

El artista Javier Velasco describió en ‘Precipitados/Skyfall’ la caída al vacío que acompaña a todo artista al lanzarse hacia la creación.

Spiritualized – I’m Your Man (YouTube)

Spiritualized – Here It Comes (The Road) Let’s Go (YouTube)

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UN RELATO EN LA HABITACIÓN

El 13 de agosto de 2010, el Sastre avisó de un nuevo relato en La habitación de Klaus. Era obra de Pablo Díaz.

“Las calles se escapan por el vértice de un cono vacío”. Así inicia Pablo Díaz su relato El número cien, que estrenó hace unos minutos La habitación de Klaus. ¿A quién dedicaríamos nuestro último aliento? ¿Qué merecería nuestra atención antes de abrazar a la parca? Eso se pregunta Pablo Díaz mientras camina inexorablemente hasta el número 100, quizás buscando anestesia. “Uno no puede dejar de pensar aunque cuente”. Es verdad. Solo la muerte deja al pensamiento en la sala de visitas. Pero este deambular por el recuerdo y la frustración no es el único regalo que nos ofrece nuestra web hermana. En las últimas semanas, La habitación de Klaus ha mirado a las mujeres, hermosas, intensas, hipnóticas. La primera es Romy Schneider y sus ojos de cielo y celuloide. En un clip que recoge recortes de la inacabada obra “Inferno”, de Henri-Georges Clouzot, se muestra turbadora y magnética, como un árbol de amianto en su versión caleidoscópica. Después llega Anna Karina, desnudada por Godard en “Vivre sa vie”, quien descubre sus ángulos y círculos, tanto los físicos como los del alma, en una escena que retrata el rostro de la mujer bella y su fascinante emoción. Más ufana, Jean Seberg se deja cautivar por ese chulo irresistible que es Jean Paul Belmondo en “Al fnal de la escapada”. Con sus periódicos en el brazo, Seberg sublima el coqueteo ante el caradura de su vida. Y, por último, Jean Moreu, en la sensual “Los amantes”, de Louis Malle, con las manos entrelazadas, disfrutando del éxtasis, del escándalo… Bueno, tras este preámbulo quizá innecesario, en su doble perfil de oscuridad y luz, La habitación de Klaus espera vuestra visita. No nos falléis.

El inglés Tom Hoops ilustra este artículo con uno de sus expresivos y personales retratos.

Miente…

Arcade Fire – The Suburbs.mp3

Arcade Fire – Reflektor.mp3

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LABORDETA

Este crucigrama de Helena Santolaya y Mariángeles Cuartero fue publicado el 10 de agosto de 2010 en la vieja Caja de los Hilos.

El 31 de julio miles de personas acudieron al Monasterio de Veruela para manifestar su reconocimiento y cariño a José Antonio Labordeta, a quien estaba dedicado el IX Festival Internacional de Poesía Moncayo. Muchos fueron los artistas que participaron con su obra, su palabra o su voz. La caja de los hilos quiere también adherirse a este abrazo poético. Os invitamos a resolver el crucigrama que Helena Santolaya y Mariángeles Cuartero confeccionaron hilvanando la vida y obra de José Antonio Labordeta.

Somos…

José Antonio Labordeta – Somos (YouTube)

José Antonio Labordeta – Canto a la Libertad (YouTube)

Muy pronto, las soluciones al crucigrama…

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25 DE NOVIEMBRE DE 2018

Helena Santolaya leyó esta carta de Alicia Lázuli en el instituto Tubalcaín de Tarazona (Zaragoza), con motivo del Día internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.

Querida tía Neus, cómo me gustaría que estuvieras aquí ahora que se aproxima el
25 de noviembre. Ya sé que tú siempre dices que la lucha contra la violencia hacia la
mujer no puede limitarse a un solo día, que ha de ser una tarea permanente, pero no
puedo evitar un nudo en la garganta cada 25 de noviembre. Tú me contaste que fue el
movimiento feminista latinoamericano quien acuñó esa fecha en 1981, conmemorando
la muerte de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, tres hermanas violentamente
asesinadas en la República Dominicana en 1960 por su oposición al dictador Trujillo,
y que más tarde, en 1999, la ONU se sumó a la jornada reivindicativa y declaró cada
25 de noviembre Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Entiendo que es necesario que los gobiernos tomen conciencia del problema, que se
tomen medidas para combatirlo, pero es triste que tenga que institucionalizarse un día
para recordarnos lo que nunca debería ocurrir, ¿no te parece, tía Neus? Es desalentador
pensar que la violencia ejercida contra las mujeres es la más extendida en el mundo, no
en algunos países del mundo, no, ¡en el planeta entero! Y lo peor es que los hombres
no se dan cuenta: cuando les hablas de violencia de género, te responden que de qué
género, que también ellos sufren muchas veces la violencia de las mujeres. Yo no digo
que las mujeres no podamos ser violentas, pero ¿alguna vez un hombre, caminando
solo, ha sentido temor al cruzarse con una mujer por la calle? ¿Alguna vez un chico ha
sentido temor de ser violado por un grupo de chicas, por una manada femenina?

Hace poco escuché un discurso de Chimamanda Ngozi, la feminista nigeriana de
la que me hablaste. Cómo me gustó, tía Neus. Habla con tanta claridad, con tanta
sencillez… Es cierto que la situación no es del todo la misma en Nigeria y en España,
pero su discurso ilustra muy bien el problema del género, que no es exclusivo de
ningún país. Yo no era partidaria, ¿te acuerdas?, de utilizar la expresión “violencia de
género”, me parecía más acertado hablar de “violencia machista”, pero ahora no estoy
segura porque, como dice Chimamanda, si no existiera la distinción de géneros, si no
existieran los roles de género, la relación entre hombres y mujeres sería radicalmente
distinta. Según ella, la cultura no hace a la gente, es la gente la que hace la cultura. Y
si una cultura, la nuestra en este caso, ha establecido tradicionalmente esos roles, nada
nos impide cambiarla. Claro, que esa es una labor lenta, una labor que pasa, sobre todo,
por la formación, por la educación, ¿no te parece, tía Neus?

¿Recuerdas que en tu última carta me recomendabas el libro de Nuria Varela Feminismo
para principiantes? Pues me hice con un ejemplar y tengo que darte las gracias,
aunque casi me siento avergonzada por desconocer a tantas mujeres importantes, a
tantas mujeres combativas a quienes la historia ha pretendido silenciar. Tampoco sabía,
tía Neus, que el color violeta es el color del feminismo en el mundo entero y que la
leyenda cuenta que es en honor de las 146 mujeres que murieron en 1911 en una fábrica
textil, al no poder escapar de las llamas porque los responsables habían cerrado con
llave las puertas. ¿Eran de color violeta las telas sobre las que las obreras trabajaban?
¿Era violeta el humo que se desprendía del incendio y que envolvía la ciudad de Nueva
York? La leyenda se ha fundido con la historia, porque, sea como fuese, el color violeta forma parte ya del relato feminista. No quiero frivolizar, tía Neus, pero qué extraño es el
poder de los colores. Y qué absurdo, en ocasiones. Porque, como tantas cosas, se trata de
una construcción cultural. Desde luego, los colores no están biológicamente asociados
a ningún género; además, ¿sabías que, hasta no hace tanto tiempo, en muchos países
de Europa y de fuera de Europa, el color rosa era el que se asociaba con los chicos?
Bueno, tía Neus, que ya sabes la facilidad que tengo para irme por las ramas. Que solo
quería escribirte porque, en fechas como la del 25 de noviembre, me acuerdo mucho de
ti y de todas las cosas que me contabas antes de que te marchases, cuando me hablabas
de cómo las mujeres de tu generación luchabais por la igualdad en una época en la que
solo sugerir que las mujeres tenemos derechos era un acto de valentía, en una época en
la que pronunciar la palabra igualdad podía llevarte incluso a la cárcel. Muchas cosas
han cambiado desde entonces, pero queda todavía un largo camino por recorrer porque
el maltrato y la violencia machista siguen existiendo, las esquelas con nombre de mujer
siguen tiñendo de negro las páginas de nuestra vida cotidiana. Y, aunque, desde luego,
debemos exigir la responsabilidad penal para los agresores, todos, hombres y mujeres,
somos responsables en mayor o menor medida de la escisión de géneros. Cada vez que
justificamos el trato brusco, descortés o grosero porque es lo normal entre los chicos,
estamos contribuyendo a la segmentación. Cada vez que hacemos un regalo con el
filtro de lo que es propio de una chica o un chico, estamos contribuyendo a perpetuar
los roles de género, cada vez que miramos hacia otro lado cuando detectamos una
conducta inadecuada, estamos alimentando la violencia.

Sueño con una sociedad donde el género no sea más que una propiedad gramatical,
donde cualquier persona pueda caminar descalza, con tacones o con zapatillas sin
miedo a ser agredida, donde las mujeres no tengamos que sentir temor al tropezarnos
con un hombre o con un grupo de hombres, a cualquier hora del día o de la noche.

Porque las mujeres, tía Neus, no queremos sentirnos valientes cuando salgamos a la
calle, queremos sentirnos libres.

Un abrazo. Y espero verte pronto.

Alicia

Las ilustraciones que acompañan el texto son obra de Antonia Santolaya y forman parte del libro Feminismo para principiantes, de Nuria Varela.

Rozalén – La Puerta Violeta (YouTube)

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EL AIRE FICTICIO

alissa-monks1El calor. Maldito calor. En el recuerdo quedan los besos de aire llegados del frío. Y Sonia Fides, que siempre está ahí.

Cuando Ada se levantó continuaba siendo verano. La habitación estaba fría, pero  los árboles no dejaban de moverse bajo la dictadura de un aire ficticio que ella sabía que iba a huir en cuanto pusiera un pie en la calle. Se metió bajo la ducha. Giró la esfera de metacrilato que traería el agua y le ofreció su cara al vano de la ventana abierta. Mentira o no, sabía que aquel aire ficticio, aquel inesperado milagro gaseoso, era el  único que podía salvarla. Después volvería el calor.

Sonia Fides (Madrid, 6 de julio de 2010)

Alyssa Monks ilustra este texto con una de sus pinturas de agua, aire y belleza.

Un inesperado milagro…

Ben Harper – She’s Only Happy In The Sun.mp3

Ben Harper – Morning Yearning.mp3

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ANOCHE SOÑÉ QUE MIRABA

 M. nos envió un sueño el 13 de junio de 2010. Ese que solo podría fotografiar Robert Doisneau.

Una mirada oblicua, el sol, una sonrisa, unas piernas, una broma, un niño, Jacques Tati, la lluvia. Un beso. Robert Doisneau. Anoche, cuando las avenidas crujían como los muelles de un viejo colchón, soñé que miraba como Doisneau. Una mirada limpia y suave que recorría los adoquines mojados de las callejuelas de París con la curiosidad al galope. Las 70 imágenes de la muestra “Robert Doisneau, Pescador de Imágenes”, del Espacio para el Arte de Cajamadrid, en Zaragoza, no son harapos sucios, porque hasta la mugre se tizna de esperanza ante los ojos de este viejo tipógrafo reconvertido en fotógrafo y fabulador urbano. Sus bellezas tomando un baño de sol, sus niños aturdidos por la ensoñación del recreo, los esforzados operarios agarrando de los pechos una Venus de bronce que se resiste a andar, la cadencia de sus claroscuros, los dedos de Picasso, su nostalgia y su tristeza. Las imágenes de Doisneau son un tiovivo bajo la lluvia, un carrusel de soledad desde el que se observa el deambular extraordinario del pálpito de la ciudad. Su mirada sugiere un ejercicio sutil ante lo cotidiano, un recorrido por el alma popular, por el instante desapercibido, frente a la arrogancia de la impostura. Retrata a los ricos, a los pobres, a Simone de Beauvoir y al vendedor de fruta, siempre socarrón con su cigarrillo sobado en los labios que parece intuir que, a su espalda, dos amantes se besan, quizá en dirección a un callejón oscuro en el que llevarán a las manos el nervio de su pasión. Así es Doisneau, cazador de emociones en un mundo vulgar y desgraciado del que consigue destilar ironía y literatura. Por eso anoche soñé que miraba como Doisneau. Y cerré los ojos.

La exposición “Robert Doisneau, pescador de imágenes” se abrió al público el pasado 8 de junio en el Espacio para el Arte de Cajamadrid, en Zaragoza. Se puede visitar hasta el 27 de julio. Sobre estas líneas, “El beso de l’Hotel de Ville”.

Mira…

Charles Trénet – Douce France.mp3

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DOMINGO

Pablo Díaz visitó esta caja con el tiempo enganchado en el pelo el 29 de abril de 2010. Nos presentó un domingo apresurado, articulado y fugaz. Bello. Tierno. Plácido.

Domingo. Siete treinta. Mensaje: Ven a casa. Él.

Ducha. Pelo recogido. Gel de frutas. Ph neutro. Body milk. Crema hidratante. Reafirmante. Antiarrugas. Antitiempo. Pintalabios rojo: no. Lápiz de ojos. Sombra. Maquillaje casual. ¿Cómo si no? Maquillaje natural. Perfume. Eso sí. Perfume. Bragas. Pantalón. Sujetador. Blusa.

Calle. Ruido. Gente. Gente de compras. Tráfico. Semáforo. Taxi. Cuero. Huele a cuero. Al arrabal. Gente (en silencio). Estanco: pare. Marlboro. Siga. Edificios (en silencio). Niños. Eso sí. Niños. Aquí. Cinco veinte. Cobra. Portal. Bolso: no hay. Calle. Bar. Baño. Condón. Bar. Calle. Portal. Ascensor. Quinto C. Timbre.

Hola. Hola. Pasa. Beso. Beso. Beso. ¿Cerveza? No. Beso. Beso. Manos. Piel. Saliva. Cama. Pantalón. Camisa. Blusa. Pantalón. Sujetador. Beso. Bragas. Beso. Calzoncillos. Beso. Beso. Polla. Boca. Polla. Boca. Coño. Dedo. Coño. Dedos.

Condón. Polla.

Coño. Polla. Coño. Polla. Coño. Orgasmo. Beso. Cigarro. ¿Sabes? No. Silencio. ¿Quieres? No. Silencio. Pantalón Sujetador. Blusa. Beso. Adiós. Beso. Ascensor. Portal. Calle. Semáforo. Taxi.

Edificios (en silencio). Pensamiento: polvo articulado. Gente (en silencio). Niños. Eso sí. Niños.

La sensualidad del neoyorquino Jonathan Leder nos invita a jugar con la piel y con el aire.

¿Quieres?

Us3 – Cantaloop.mp3

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TRUCOS FÁCILES PARA DÍAS DUROS*

Este relato de vida y maquillaje lo escribió Sonia Fides y se publicó en La habitación de Klaus el 17 de abril de 2010.

A Violeta Villa, amiga del alma que me enseñó la importancia de los estados líquidos

Creer en el manido testamento que nos ha dejado la historia de la humanidad respecto a las capacidades de determinado oficios, nunca fue el fuerte de Clara. Aquellas frases hechas que defendían la legitimidad pedagógica de algunos de ellos la molestaban sobremanera, pero aún así, soportaba con estoicismo los alardes de aquellos camareros que a primera hora de la mañana jugaban a ser adivinos y diagnosticaban a que se debían sus ojeras o esos pequeños surcos, que tras una mala postura sobre la almohada, convertían su rostro en algo similar a un campo recién labrado.

— ¿Qué señorita, Clara, anoche tuvimos fiesta, no? Y no me diga que no, que está usted esta mañana pa’ que le cante “La lirio”, menudas ojeritas.

Esa era la expresión que más odiaba, ser el personaje de una de esas coplas representaba para ella, un doble motivo de disgusto. Primero porque hacía años que no realizaba ejercicios que tuvieran que ver ni con las emociones, ni con el amor, ni con nada que estuviera directamente relacionado con el corazón y segundo porque llevaba muchos años utilizando esa víscera única y exclusivamente para mantenerse viva, y estaba muy a gusto en su nuevo papel.

Pero a veces, incluso las buenas actrices, son incapaces de enfrentarse a un papel y acaban resultando sobreactuadas incluso para sus más incondicionales fans. Y eso era precisamente lo que aquel día le deparaba a Clara. Tenía una importante comida, un reencuentro con sus mejores amigas del colegio. Hacía más de veinticinco años que no se veían y aunque quiso recuperar a aquella Clara de los días de colegio, al ponerse frente al espejo supo que no podía permitírselo. Se quedó un rato frente a aquel potro de tortura en que se había convertido aquella lámina hasta hacía poco inofensiva y ensayó alguno de sus nuevos gestos. Después comenzó a arreglarse. Se pondría algo sencillo, elegante y sobrio, nada de colores chillones cerca de la recién estrenada flacidez de su cuello. El maquillaje también sería comedido, una base de maquillaje que disimulara sus incipientes arrugas, un poco de rimel y algo de colorete para obligar al negro a no convertirla en algo parecido a una embalsamadora de tercera regional. Cuando iba a empezar a maquillarse se dio cuenta de que se había quedado sin rimel, pensó que tampoco sería un drama el no maquillarse la pestañas, ella tenía unos ojos lo suficiente bonitos como para no necesitar ese película grumosa y negra sobre sus pestañas, pero después de treinta años aplicándose aquel mejunje día tras día, su ausencia la hacía sentirse todavía más insegura de lo que ya lo estaba. Miró el reloj y se dio cuenta de que su extraordinaria puntualidad le permitiría acercarse hasta el mostrador de aquella firma cosmética que le otorgaba una vida altamente chic a sus pestañas a comprar un nuevo envase. Se quitó el pijama, metió sus largas piernas en unos vaqueros y se puso un jersey, cogió las llaves, el envase vacío, y se dirigió hacía los grandes almacenes que estaban al lado de su casa. Al entrar notó que habían hecho remodelaciones en la planta baja de aquel edificio, cosa que no le gustó lo más mínimo. Los cambios y Clara eran enemigos acérrimos. Se acercó a una dependienta para preguntarle dónde podía encontrar lo que andaba buscando.

— Segunda planta, al final del pasillo, justamente al lado de los ascensores.

Pensó en salir, aquel pequeño e inesperado cambio trajo consigo un mal presentimiento, no obstante llamó al ascensor y subió. No le costó demasiado encontrar el stand. Un señorita muy sonriente, se ofreció a ayudarla previa impostada sonrisa.

— Usted me dirá en qué puedo ayudarla.

Clara le mostró el recipiente y la dependienta fue girándolo hasta leer la totalidad de las letras.

— Lo siento mucho, pero de éste no nos queda en este momento. Está agotado en todas nuestras tiendas. El otro día se le ocurrió a una actriz de televisión decir que era el que ella utilizaba y hordas de señoras acabaron con el stock en menos de media hora.¿ Puedo ofrecerle algún otro?

No, claro que no podía, pero no dejó ver su descontento. Se limitó a guardar silencio durante un instante mientras pensaba. Podría ir hasta otro centro, pero aquella mujer había dejado bien claro que estaba agotado en cualquier establecimiento. ¿Qué podía hacer?

— Perdone que insista, pero es que ahora que me acuerdo, tengo un tubo exactamente igual al suyo como muestra para las clientas. Igual si no le importa podría venderle ese.

Clara continuó callada, mientras imaginaba sus ojos infectados por enfermedades relacionadas con la vista. A saber quién habría probado aquel ungüento. Ni hablar, prefería irse sin pintar.

— Por cierto, se me ocurre otra idea, por qué no se lleva usted el mismo que tiene ahora en sus manos pero waterproof. Ahora que lo pienso, sería la mejor solución, es exactamente igual, la misma cantidad, el mismo color, sólo que incluye la posibilidad de resistir el agua. Nunca sabemos si nos van a tirar a una piscina, si va a caer un diluvio en el momento de salir de un restaurante o sí de manera inesperada alguien nos hará llorar. Ya sabe mujer prevenida vale por dos.

Clara no se inmutó aunque aquel refrán ridículo la colocó en un lugar incómodo, tanto que estuvo tentada de perder las formas y decirle a aquella señorita que ella no era ni la reencarnación de Esther Williams ni la versión chic de una plañidera de Lorca. Aún así guardó silencio.

— Pues usted dirá porque se me acaban las opciones. Si quiere pensarlo durante un rato por aquí estaré.

No tenía mucho tiempo para pensar, así que aceptó la oferta. Pagó, recogió la minúscula bolsita que le entregó la dependienta y avanzó con paso acelerado hasta su casa. Se le había echado el tiempo encima.

Nada más llegar, acabó de vestirse. Después empezó a maquillarse. El maquillaje y el colorete distribuidos sin esa atención que es necesaria emplear sobre los territorios desconocidos, el rimel en cambio lo fue aplicando con si de un cuidadoso ritual se tratase. Se aplicó la primera capa con la incredulidad que siempre lleva implícita lo nuevo. Se sentía ridícula, no era más un tubo de mascara para pestañas, pero ella se empeñaba en distribuirlo ellas como si se tratara de un material peligroso y nocivo. Se miró al espejo y suspiró, comprobar que este nuevo producto no tenía diferencia alguna con el anterior supuso una estúpida liberación si teníamos en cuenta la naturaleza de su pesar. Se aplicó una nueva capa y otra y otra, tantas como necesitó hasta que sus ojos fueron los de siempre. En unos segundos estaría lista para salir. Llamó a un taxi y esperó a que el taxista pulsara el botón del portero automático. Estaba nerviosa, encendió un cigarrillo y se sentó a ojear las últimas fotos en las que compartía escena con sus compañeras. Mientras llegó el taxi.

Durante el trayecto, le costó creerse aquel reencuentro. Sus amigas del alma, sentadas a la misma mesa, muchos años después. Se emocionó al pensarlo y al sentir esa emoción se apresuró a mirarse en el espejo retrovisor, quería comprobar que aquella sensación no había quedado marcada en su cara. No estaba. Le encantó constatarlo y mandar así al traste aquellas estúpidas teorías acerca de su humanidad que cada mañana elucubraba aquel camarero al mirarla a la cara.

Cuando el taxista le advirtió de que habían llegado al lugar que previamente ella le había indicado, pudo ver a sus amigas apostadas delante de la puerta de aquel restaurante americano en el que habían quedado. Pensó en irse, la emoción había ocupado por completo su metro setenta de estatura, pero pago y abrió la puerta del coche. Notó que sus pestañas empezaban a humedecerse, pero por primera vez en mucho tiempo no tuvo miedo de llorar en público, llevaba protección. Se subió el cuello del abrigo, pestañeó, pero no como un signo de coquetería sino como un gesto para cerciorarse que su máscara de pestañas waterproff seguía en su justo lugar. Lo notó firme, aún intacto y empezó a andar.

Quique González

Sonia Fides (Madrid, 29 de marzo de 2010)

Las imágenes que acompañan este hermoso relato son obra de la fotógrafa canadiense Marianna Rothen, con su suave sensualidad vintage.

Quique González – Bajo La Lluvia (YouTube)

Quique González – Aunque tú no lo sepas (YouTube)

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UN RELATO EN LA HABITACIÓN

El 18 de abril de 2010, el Sastre avisó de que Sonia Fides retornaba con un nuevo relato en La habitación de Klaus.

Tranquila y relajada, con un poco de rímel en las pestañas, La habitación de Klaus retorna con un hermoso relato de nuestra adorada Sonia Fides titulado ‘Trucos fáciles para días duros’. Se trata de suave suspiro de ambición y pérdida, de inseguridad cosechada con las horas y los días, de reencuentros, de retornos y de viejos fantasmas. Pero no solo de cuentos vive Klaus, aunque sean tan bellos como este. Junto a las palabras de Sonia Fides deambulan, por ejemplo, las deliciosas imágenes de los gemelos Stephen y Timothy Quay, los Quay Brothers, que nos muestran su obra ‘The Calligrapher’. El quehacer hipnótico se lo lleva el videoartista francés François Vogel, con los espectaculares marabarismos ópticos de ‘Cuisine’. Lo que da de sí una vulgar cocina… Con los acordes de Prokofiev, el sorprendente Georges Schwizgebel nos deslumbra con ‘Jeu’, una animación juguetona y mágica de sorprendente originalidad. Por último, La habitación de Klaus esboza una sonrisa irónica y retro con ‘Pixel’, de Patrick Jean. Bueno, os dejo con Sonia y con todo lo demás. Que lo disfrutéis. Besos y hasta la próxima.

Sonia Fides me recuerda, no lo puedo evitar, a la belleza sofisticada de las fotografías de Miles Aldridge.

Maquíllate…

Bigott – She’s my man (YouTube)

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