ANOCHE SOÑÉ QUE MIRABA

 M. nos envió un sueño el 13 de junio de 2010. Ese que solo podría fotografiar Robert Doisneau.

Una mirada oblicua, el sol, una sonrisa, unas piernas, una broma, un niño, Jacques Tati, la lluvia. Un beso. Robert Doisneau. Anoche, cuando las avenidas crujían como los muelles de un viejo colchón, soñé que miraba como Doisneau. Una mirada limpia y suave que recorría los adoquines mojados de las callejuelas de París con la curiosidad al galope. Las 70 imágenes de la muestra “Robert Doisneau, Pescador de Imágenes”, del Espacio para el Arte de Cajamadrid, en Zaragoza, no son harapos sucios, porque hasta la mugre se tizna de esperanza ante los ojos de este viejo tipógrafo reconvertido en fotógrafo y fabulador urbano. Sus bellezas tomando un baño de sol, sus niños aturdidos por la ensoñación del recreo, los esforzados operarios agarrando de los pechos una Venus de bronce que se resiste a andar, la cadencia de sus claroscuros, los dedos de Picasso, su nostalgia y su tristeza. Las imágenes de Doisneau son un tiovivo bajo la lluvia, un carrusel de soledad desde el que se observa el deambular extraordinario del pálpito de la ciudad. Su mirada sugiere un ejercicio sutil ante lo cotidiano, un recorrido por el alma popular, por el instante desapercibido, frente a la arrogancia de la impostura. Retrata a los ricos, a los pobres, a Simone de Beauvoir y al vendedor de fruta, siempre socarrón con su cigarrillo sobado en los labios que parece intuir que, a su espalda, dos amantes se besan, quizá en dirección a un callejón oscuro en el que llevarán a las manos el nervio de su pasión. Así es Doisneau, cazador de emociones en un mundo vulgar y desgraciado del que consigue destilar ironía y literatura. Por eso anoche soñé que miraba como Doisneau. Y cerré los ojos.

La exposición “Robert Doisneau, pescador de imágenes” se abrió al público el pasado 8 de junio en el Espacio para el Arte de Cajamadrid, en Zaragoza. Se puede visitar hasta el 27 de julio. Sobre estas líneas, “El beso de l’Hotel de Ville”.

Mira…

Charles Trénet – Douce France.mp3

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DOMINGO

Pablo Díaz visitó esta caja con el tiempo enganchado en el pelo el 29 de abril de 2010. Nos presentó un domingo apresurado, articulado y fugaz. Bello. Tierno. Plácido.

Domingo. Siete treinta. Mensaje: Ven a casa. Él.

Ducha. Pelo recogido. Gel de frutas. Ph neutro. Body milk. Crema hidratante. Reafirmante. Antiarrugas. Antitiempo. Pintalabios rojo: no. Lápiz de ojos. Sombra. Maquillaje casual. ¿Cómo si no? Maquillaje natural. Perfume. Eso sí. Perfume. Bragas. Pantalón. Sujetador. Blusa.

Calle. Ruido. Gente. Gente de compras. Tráfico. Semáforo. Taxi. Cuero. Huele a cuero. Al arrabal. Gente (en silencio). Estanco: pare. Marlboro. Siga. Edificios (en silencio). Niños. Eso sí. Niños. Aquí. Cinco veinte. Cobra. Portal. Bolso: no hay. Calle. Bar. Baño. Condón. Bar. Calle. Portal. Ascensor. Quinto C. Timbre.

Hola. Hola. Pasa. Beso. Beso. Beso. ¿Cerveza? No. Beso. Beso. Manos. Piel. Saliva. Cama. Pantalón. Camisa. Blusa. Pantalón. Sujetador. Beso. Bragas. Beso. Calzoncillos. Beso. Beso. Polla. Boca. Polla. Boca. Coño. Dedo. Coño. Dedos.

Condón. Polla.

Coño. Polla. Coño. Polla. Coño. Orgasmo. Beso. Cigarro. ¿Sabes? No. Silencio. ¿Quieres? No. Silencio. Pantalón Sujetador. Blusa. Beso. Adiós. Beso. Ascensor. Portal. Calle. Semáforo. Taxi.

Edificios (en silencio). Pensamiento: polvo articulado. Gente (en silencio). Niños. Eso sí. Niños.

La sensualidad del neoyorquino Jonathan Leder nos invita a jugar con la piel y con el aire.

¿Quieres?

Us3 – Cantaloop.mp3

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TRUCOS FÁCILES PARA DÍAS DUROS*

Este relato de vida y maquillaje lo escribió Sonia Fides y se publicó en La habitación de Klaus el 17 de abril de 2010.

A Violeta Villa, amiga del alma que me enseñó la importancia de los estados líquidos

Creer en el manido testamento que nos ha dejado la historia de la humanidad respecto a las capacidades de determinado oficios, nunca fue el fuerte de Clara. Aquellas frases hechas que defendían la legitimidad pedagógica de algunos de ellos la molestaban sobremanera, pero aún así, soportaba con estoicismo los alardes de aquellos camareros que a primera hora de la mañana jugaban a ser adivinos y diagnosticaban a que se debían sus ojeras o esos pequeños surcos, que tras una mala postura sobre la almohada, convertían su rostro en algo similar a un campo recién labrado.

— ¿Qué señorita, Clara, anoche tuvimos fiesta, no? Y no me diga que no, que está usted esta mañana pa’ que le cante “La lirio”, menudas ojeritas.

Esa era la expresión que más odiaba, ser el personaje de una de esas coplas representaba para ella, un doble motivo de disgusto. Primero porque hacía años que no realizaba ejercicios que tuvieran que ver ni con las emociones, ni con el amor, ni con nada que estuviera directamente relacionado con el corazón y segundo porque llevaba muchos años utilizando esa víscera única y exclusivamente para mantenerse viva, y estaba muy a gusto en su nuevo papel.

Pero a veces, incluso las buenas actrices, son incapaces de enfrentarse a un papel y acaban resultando sobreactuadas incluso para sus más incondicionales fans. Y eso era precisamente lo que aquel día le deparaba a Clara. Tenía una importante comida, un reencuentro con sus mejores amigas del colegio. Hacía más de veinticinco años que no se veían y aunque quiso recuperar a aquella Clara de los días de colegio, al ponerse frente al espejo supo que no podía permitírselo. Se quedó un rato frente a aquel potro de tortura en que se había convertido aquella lámina hasta hacía poco inofensiva y ensayó alguno de sus nuevos gestos. Después comenzó a arreglarse. Se pondría algo sencillo, elegante y sobrio, nada de colores chillones cerca de la recién estrenada flacidez de su cuello. El maquillaje también sería comedido, una base de maquillaje que disimulara sus incipientes arrugas, un poco de rimel y algo de colorete para obligar al negro a no convertirla en algo parecido a una embalsamadora de tercera regional. Cuando iba a empezar a maquillarse se dio cuenta de que se había quedado sin rimel, pensó que tampoco sería un drama el no maquillarse la pestañas, ella tenía unos ojos lo suficiente bonitos como para no necesitar ese película grumosa y negra sobre sus pestañas, pero después de treinta años aplicándose aquel mejunje día tras día, su ausencia la hacía sentirse todavía más insegura de lo que ya lo estaba. Miró el reloj y se dio cuenta de que su extraordinaria puntualidad le permitiría acercarse hasta el mostrador de aquella firma cosmética que le otorgaba una vida altamente chic a sus pestañas a comprar un nuevo envase. Se quitó el pijama, metió sus largas piernas en unos vaqueros y se puso un jersey, cogió las llaves, el envase vacío, y se dirigió hacía los grandes almacenes que estaban al lado de su casa. Al entrar notó que habían hecho remodelaciones en la planta baja de aquel edificio, cosa que no le gustó lo más mínimo. Los cambios y Clara eran enemigos acérrimos. Se acercó a una dependienta para preguntarle dónde podía encontrar lo que andaba buscando.

— Segunda planta, al final del pasillo, justamente al lado de los ascensores.

Pensó en salir, aquel pequeño e inesperado cambio trajo consigo un mal presentimiento, no obstante llamó al ascensor y subió. No le costó demasiado encontrar el stand. Un señorita muy sonriente, se ofreció a ayudarla previa impostada sonrisa.

— Usted me dirá en qué puedo ayudarla.

Clara le mostró el recipiente y la dependienta fue girándolo hasta leer la totalidad de las letras.

— Lo siento mucho, pero de éste no nos queda en este momento. Está agotado en todas nuestras tiendas. El otro día se le ocurrió a una actriz de televisión decir que era el que ella utilizaba y hordas de señoras acabaron con el stock en menos de media hora.¿ Puedo ofrecerle algún otro?

No, claro que no podía, pero no dejó ver su descontento. Se limitó a guardar silencio durante un instante mientras pensaba. Podría ir hasta otro centro, pero aquella mujer había dejado bien claro que estaba agotado en cualquier establecimiento. ¿Qué podía hacer?

— Perdone que insista, pero es que ahora que me acuerdo, tengo un tubo exactamente igual al suyo como muestra para las clientas. Igual si no le importa podría venderle ese.

Clara continuó callada, mientras imaginaba sus ojos infectados por enfermedades relacionadas con la vista. A saber quién habría probado aquel ungüento. Ni hablar, prefería irse sin pintar.

— Por cierto, se me ocurre otra idea, por qué no se lleva usted el mismo que tiene ahora en sus manos pero waterproof. Ahora que lo pienso, sería la mejor solución, es exactamente igual, la misma cantidad, el mismo color, sólo que incluye la posibilidad de resistir el agua. Nunca sabemos si nos van a tirar a una piscina, si va a caer un diluvio en el momento de salir de un restaurante o sí de manera inesperada alguien nos hará llorar. Ya sabe mujer prevenida vale por dos.

Clara no se inmutó aunque aquel refrán ridículo la colocó en un lugar incómodo, tanto que estuvo tentada de perder las formas y decirle a aquella señorita que ella no era ni la reencarnación de Esther Williams ni la versión chic de una plañidera de Lorca. Aún así guardó silencio.

— Pues usted dirá porque se me acaban las opciones. Si quiere pensarlo durante un rato por aquí estaré.

No tenía mucho tiempo para pensar, así que aceptó la oferta. Pagó, recogió la minúscula bolsita que le entregó la dependienta y avanzó con paso acelerado hasta su casa. Se le había echado el tiempo encima.

Nada más llegar, acabó de vestirse. Después empezó a maquillarse. El maquillaje y el colorete distribuidos sin esa atención que es necesaria emplear sobre los territorios desconocidos, el rimel en cambio lo fue aplicando con si de un cuidadoso ritual se tratase. Se aplicó la primera capa con la incredulidad que siempre lleva implícita lo nuevo. Se sentía ridícula, no era más un tubo de mascara para pestañas, pero ella se empeñaba en distribuirlo ellas como si se tratara de un material peligroso y nocivo. Se miró al espejo y suspiró, comprobar que este nuevo producto no tenía diferencia alguna con el anterior supuso una estúpida liberación si teníamos en cuenta la naturaleza de su pesar. Se aplicó una nueva capa y otra y otra, tantas como necesitó hasta que sus ojos fueron los de siempre. En unos segundos estaría lista para salir. Llamó a un taxi y esperó a que el taxista pulsara el botón del portero automático. Estaba nerviosa, encendió un cigarrillo y se sentó a ojear las últimas fotos en las que compartía escena con sus compañeras. Mientras llegó el taxi.

Durante el trayecto, le costó creerse aquel reencuentro. Sus amigas del alma, sentadas a la misma mesa, muchos años después. Se emocionó al pensarlo y al sentir esa emoción se apresuró a mirarse en el espejo retrovisor, quería comprobar que aquella sensación no había quedado marcada en su cara. No estaba. Le encantó constatarlo y mandar así al traste aquellas estúpidas teorías acerca de su humanidad que cada mañana elucubraba aquel camarero al mirarla a la cara.

Cuando el taxista le advirtió de que habían llegado al lugar que previamente ella le había indicado, pudo ver a sus amigas apostadas delante de la puerta de aquel restaurante americano en el que habían quedado. Pensó en irse, la emoción había ocupado por completo su metro setenta de estatura, pero pago y abrió la puerta del coche. Notó que sus pestañas empezaban a humedecerse, pero por primera vez en mucho tiempo no tuvo miedo de llorar en público, llevaba protección. Se subió el cuello del abrigo, pestañeó, pero no como un signo de coquetería sino como un gesto para cerciorarse que su máscara de pestañas waterproff seguía en su justo lugar. Lo notó firme, aún intacto y empezó a andar.

Quique González

Sonia Fides (Madrid, 29 de marzo de 2010)

Las imágenes que acompañan este hermoso relato son obra de la fotógrafa canadiense Marianna Rothen, con su suave sensualidad vintage.

Quique González – Bajo La Lluvia (YouTube)

Quique González – Aunque tú no lo sepas (YouTube)

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UN RELATO EN LA HABITACIÓN

Tranquila y relajada, con un poco de rímel en las pestañas, La habitación de Klaus retorna con un hermoso relato de nuestra adorada Sonia Fides titulado ‘Trucos fáciles para días duros’. Se trata de suave suspiro de ambición y pérdida, de inseguridad cosechada con las horas y los días, de reencuentros, de retornos y de viejos fantasmas. Pero no solo de cuentos vive Klaus, aunque sean tan bellos como este. Junto a las palabras de Sonia Fides deambulan, por ejemplo, las deliciosas imágenes de los gemelos Stephen y Timothy Quay, los Quay Brothers, que nos muestran su obra ‘The Calligrapher’. El quehacer hipnótico se lo lleva el videoartista francés François Vogel, con los espectaculares marabarismos ópticos de ‘Cuisine’. Lo que da de sí una vulgar cocina… Con los acordes de Prokofiev, el sorprendente Georges Schwizgebel nos deslumbra con ‘Jeu’, una animación juguetona y mágica de sorprendente originalidad. Por último, La habitación de Klaus esboza una sonrisa irónica y retro con ‘Pixel’, de Patrick Jean. Bueno, os dejo con Sonia y con todo lo demás. Que lo disfrutéis. Besos y hasta la próxima.

Sonia Fides me recuerda, no lo puedo evitar, a la belleza sofisticada de las fotografías de Miles Aldridge.

Maquíllate…

Bigott – She’s my man (YouTube)

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EN LA CELDA DE AL LADO

Coleguita retornó a la vieja Caja el 25 de marzo de 2010. Estaba en el trullo, en la celda de al lado de otro viejo conocido.

Se lo he dicho bien clarito a la hora del almuerzo. Tú fíjate en Pepe Carvalho, lo que le pasa con el Martini. Dice: “No existe el Martini perfecto, o nunca te lo sirven en un bar. Todo Martini tiene ese punto artesano y casero que le deja a uno insatisfecho. Y la insatisfacción lleva a pedir otro, y otro, y otro”. Mírame a mí (le decía) con la primera bola de costo ya me escocía el ojete, pero yo erre que erre, me metía otra y otra. Hasta doscientos gramos me trincaron. Es lo que tiene la insatisfacción. A ti te ocurre con las palabras, Amadeo, se te quedan para dentro como si te las tragases, y eso genera mala hostia. Y esa mala hostia quita el habla. Y así y así. Lo siento compañero pero creo que lo tuyo es un claro caso de insatisfacción galopante. ¿Te masturbas?

Amadeo está solo en la celda de al lado, callado como siempre. Mi compañero es un negro cachas que me quiere rajar lo pantalones y subirme las bolas de costo hasta la garganta esta noche. He pedido el cambio de celda, no sé cuánto podré resistir. Espero que no le importe a Amadeo que me metan con él, al fin y al cabo estamos en la misma caja…

Al fotógrafo alemán Jürgen Chill no le basta con contemplar la vida a ras de suelo. Prefiere la visión cenital, como en su serie “Zellen”, en la que retrata celdas de diversas cárceles alemanas desde el mismísimo techo.

Insatisfacción…

Cicciolina – Satisfaction (YouTube)

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EL PEQUEÑO TEATRO DE ANTONIA

Hace ya unos años, Antonia Santolaya pasó por Zaragoza para presentar en El pequeño teatro de los libros, una librería ya desaparecida, sus últimos trabajos para la editorial Hotel Papel. Esto publicó la vieja Caja el 7 de marzo de 2010.

Conversación escuchada por casualidad en el autobús de línea al Hotel Papel, donde la palabra saca a las cosas de su silencio y los ojos de los niños son de color caramelo.

-¿Es rubia o morena?

-Uhmmm… tiene el pelo de color fresa… no, no, no, naranja… no, no, no, violeta… uhmmm… no sé…

-¿Es alta o baja?

-Uhmmm… es muuuuuuuy alta…. no, no, no, es muuuuuuuy pequeña…. no, no, no, es como… uhmmm… no sé…

-¿Es gorda o flaca?

-Uhmmm… es como un gran globo… no, no, no, es como un hilo de alambre… no, no, no, como la cúpula de una iglesia… uhmmm…  no sé…

-¿De qué color son sus ojos?

-Uhmmm… son negros como un túnel… no, no, no, son verdes como algas… no, no, no, de color caramelo… uhmmm… no sé…

-¿Es joven o mayor?

-Uhmmm… es una niña muuuuuuuy pequeña… no, no, no, es una niña muuuuuuuy anciana… uhmmm, no sé…

-¿Sabes dónde vive?

-Uhmmm… en París… no, no, no, vive en Argelia… no, no, no, en la India… no, no, no, vive… uhmmm… no sé…

-¿Sabes cómo se llama?

– Pues claro, se llama Antonia Santolaya.

-¿Tú has visto sus dibujos?

-Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

-¿Te gustan?

-Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

-¿Y cuándo viene a Zaragoza?

-El 12 de marzo, que es viernes, a las ocho de la tarde.

-¿A qué viene?

-A divertirse en el Pequeño Teatro de los Libros, que está en la calle Silvestre Pérez, 21, en el barrio de Las Fuentes.

-¿Tú vas a ir?

-¡Vaya pregunta! ¡Claro!

La ilustradora Antonia Santolaya que, según testimonios fiables, tiene varias cabezas, un puñado de ojos, pies grandes y pequeños, personalidad múltiple y residencia en distintos lugares, vino a Zaragoza a presentar sus dos últimos trabajos para la editorial HotelPapel: María Zambrano. La música de la Luz (con textos de Luisa Antolín) y Nico y el bebé estrella (con textos de Susana Gómez Redondo). La ilustración que acompaña estas líneas es de esta última obra. La caja de los hilos estuvo allí, claro.

Sueña…

The Beatles – Blackbird (Youtube)

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LES DIRÉ

El 25 de febrero de 2010, Amadeo Martillo tomó una decisión determinante que cambió su vida para siempre.

El volante de piel de tigre se agarra a las manos y no las quiere soltar. Los policías no tardarán en llegar y entre luces parpadeantes me dirán que salga del coche y me preguntarán quién soy y qué hago aquí. Les diré que soy Amadeo Martillo, hombre, taxista, casado, viejo, calvo, borracho, loco, triste, solo. Les diré que soy un hijo de la gran puta. Y me preguntarán qué ha pasado. Y les diré que noté la navaja en el cuello, una gota de sangre, las sienes sudadas, los párpados rojos, el palpitar de la nuca, el dolor en la tripa. Les diré que gritó, que le di la caja, que le miré despacio, que respiré hondo, que no dije nada, que el sol hacía horas que se había marchado y que la noche dio un paso atrás, que los aviones parecían estrellas azules y que no veía bien. Les diré que salió corriendo hacia la parca, que yo cogí la pistola de la guantera, que me dolían las piernas, que se me había acabado la ginebra y que hacía tres días que no dormía. Les diré que echaba de menos a Carol. Les diré que cayó muy rápido, que su cabeza estalló en la acera, que la sangre era negra, que las monedas bailaron sobre los adoquines, pero no sonaron, y que cerca estaba la tierra y las hojas. Les diré que no lo siento. Les daré el arma, escupiré en el suelo, les acercaré las muñecas, me colocarán las esposas y escupiré otra vez.

El tintineo de las luces de la policía se balancea sobre mis pupilas. A lo lejos suenan las ambulancias. Pido permiso para fumar mientras fantaseo con el tacto de las rejas. El taxi se queda solo, con las puertas abiertas. Empieza a llover.

Nota de los tres carretes sin hilo: Amadeo Martillo permanece en la cárcel de Zuera a la espera de juicio. El fiscal solicita 12 años de prisión para él.

Saul Leiter, el fotógrafo del color en los años 50. La lluvia tras un cristal y una mirada esquiva escondida en la acera. Clic.

The Black Keys – Lonely Boy.mp3

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MARATÓN

Desde que se celebró en Jaca el curso dirigido por Clara Marta “De vuelta con el cuaderno”, Zaragoza se fue convirtiendo en el paradigma del pincel y la acuarela. Hemos trasladado a La caja de los hilos la crónica que Alicia Lázuli escribió del I Maratón de dibujo y que se publicó en el blog vecino Devueltaconelcuaderno allá por el mes de noviembre de 2009.

Querida tía Neus:

Estaba impaciente por hablar contigo y por contarte que participé en el I Maratón de Dibujo en Cuaderno que el sábado pasado reunió en Zaragoza a un montón de gente armada con lápiz y acuarela. Como de costumbre, no fue fácil llegar al punto de encuentro porque –ya sabes lo despistada que soy- acudí a las 11 de la mañana a la Plaza de los Sitios y me encontré con la Escuela de Arte cerrada  y una furgoneta roja en la puerta como todo signo de señal humana. Recordé después que la nueva Escuela se encuentra en la margen izquierda del río y que allí era la cita. Cuando llegué a la terraza del nuevo edificio se me pusieron los pelos de punta: personajes de todas las edades, sexos y colores garabateaban sus cuadernos intentando meter a presión el Pilar, El Ebro o la antena de televisión vecina.

Empecé a reconocer rostros de los que había conocido en Jaca y comenzó una larga ronda de abrazos. La alegría del reencuentro me hizo olvidar la sensación de patito feo que tenía por no dominar el dibujo (y eso que ya sabes que me matriculé en la Academia Cañada y he progresado mucho). Saqué mi libreta y, como si estuviera atacada por la Cuadernitis A, empecé a dibujar a todo el que se encontraba en ese momento en la terraza. Si cabían el Ebro, el Pilar y hasta la televisión aragonesa, por qué no iban a caber cincuenta pirados en mi cuaderno. No tuve tiempo de comprobarlo porque apenas había conseguido dibujar –otra cosa es que se parezcan- unas pocas personas, Clara Marta, la capitana, nos dirigió hacia el centro de la ciudad para poder templar los dedos con una taza de café caliente porque, contra todas las predicciones, el sol brillaba, pero por su ausencia. Desde las cristaleras de “El Real”, en la esquina de la calle Alfonso, se podía dibujar el Pilar que -ya más de mediodía- reunía en su plaza una buena representación de fieles y de infieles. Algunos optaron por quedarse en la esquina o por callejear buscando otros lugares que llevarse al cuaderno. Antes de acudir al restaurante del Centro de historia, que a las dos de la tarde serviría como punto de encuentro, pasamos por un solar de la calle Santiago donde José Azul había instalado sus “seres que pululan”, esculturas de hierro que algunos se llevaron también a la libreta. Yo preferí llevarme un trozo de jamón, pero a la boca.

Clara Marta había reservado mesa para treinta, pero, aunque muchos se quedaron atrapados en la torre que estaban dibujando o tenían otros planes, todas las previsiones fueron pocas y, como apóstoles del cuaderno, doce de nosotros fuimos a comer al Entalto haciendo una parada en el Millán, esa bodega a la que vamos a tomar el vermut siempre que vienes de París, tía Neus. Me quedé alucinada con Fouad, un amigo de Toño el de Madrid (que es capaz de llevarse al cuaderno el parque de bomberos de Getafe) que nos dibujó a todos sin mirar el papel y que se marcó un dúo con Teresa de la Cal de morirse. Mientras ella sujetaba el bolígrafo como si fuese un detector de actividad sísmica, él movía el cuaderno… un ejercicio de verdad asombroso.

Aunque eché en falta a más de una persona, todo fue emocionante: la comida, el café en el Centro de Historia, el paseo para ir a dibujar la haraponave (la llaman así porque Helena Santolaya y sus amigos intercambiaban allí, como pretexto de la fiesta, ropa vieja), el regreso al Pasaje del Ciclón, último punto de encuentro de la jornada…

La verdad es que yo no dibujé Zaragoza, al menos no en el sentido arquitectónico, porque al final del día lo único que había recogido en mi cuaderno era un montón de rostros poco reconocibles, pero te aseguro, tía Neus, que tienen para mí más poder de evocación de la ciudad que los mismos leones de bronce del Puente de Piedra.

Te echo de menos, tía Neus.

Alicia.

Los dibujos son de Helena Santolaya.

Colorea…

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Y LOS MAGOS…

Agnes Daroca se estrenó el 14 de enero de 2010 en la vieja caja con las reflexiones propias del cambio de año, esas que invitar a iniciar una nueva etapa en la que no faltarán cuaderno y rotuladores.

Ahora sí que hemos terminado el ajetreo de salida y entrada.

Entre todos los regalos me quedo con lo vivido, porque lo recibido hoy me lo recuerda. Unos cuadernos en el bolso, rotuladores, olor a pegamento, canciones, poemas, risas, lágrimas… gente.

Ha sido el año de la pérdida y la ganancia.

Una coincidencia, varias casualidades y me encuentro con el corazón lleno pero sin dejar el hueco de mis algunos.

Como escuché hace poco: “A todos los que habéis estado, los que estáis y los que estaréis”.

La obra que acompaña este artículo es de la propia Agnes Daroca.

Dibuja….

Animal Collective – No More Runnin.mp3

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PERO… ¿POR QUÉ?

El 3 de enero de 2010, Martes nos envió un texto que analizaba la duda como oportunidad vital. Muchas gracias por abrir nuestra caja.

Dicen que un “¿por qué?” comienza a evaporarse despacito cuando hallas alguna contestación convincente, dicen que se va borrando y al final desaparece sin dejar rastro.

Yo últimamente no consigo encontrar respuestas, al menos algunas que me crea del todo. Por eso mis “porqués” tardan tanto en irse, o no se van. Por eso estoy aprendiendo a vivir con ellos.

El último es enorme y me persigue, me lo encuentro por todas partes. Creo que quiere que estemos juntos (le delata el cepillo de dientes forastero que ha dejado en el lavabo).

Intuye, seguro, que nunca encontraré las explicaciones que busco. Y percibe por eso que puede quedarse.

Esta mañana nos hemos cruzado en el pasillo, cuando apenas empezaba a despertarme, y me ha plantado un beso en los morros (que me ha dejado toda enredada).

Sé que nunca encontraré las respuestas que busco. Estoy por hacerle un hueco en mi cama.

El fotógrafo hispano-australiano Javier Ibarra barniza de sensibilidad y dulzura todo lo que mira.

Preguntas…

Annie Lennox – Why? (YouTube)

The Beatles – Because (YouTube)

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